30

NICHOLAS

—¡Davina! —grito desesperado mientras corro hacia ella, está tirada en el piso, saco la espada que atraviesa su corazón que cada vez late más lento.

Gruesas lágrimas me ruedan por las mejillas, no siento nada más que terror. Todo es dolor, todo es negro. Siento como se me encoge el corazón, se me revuelve el estómago y se me aprieta el pecho. No puedo respirar. Solo abrazo el cuerpo de Davina mientras grito y lloro.

—Ha-hablaron. —Me dice ella, abriendo sus preciosos ojos—. Los me-mellizos hablaron y me-me dijeron mamá —dice con su hermosa sonrisa.

Es verdad, es la primera vez en meses que hablan y le dijeron mamá.

Ayulala. —Escu

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