ANDY DAVIS
La fecha había sido fijada. La operación que salvaría a mi hijo sería en dos semanas y Damián se había ofrecido a quedarse cada día al lado de ellos hasta que el día llegara. Ante mis ojos el cambio empezó a ser evidente y extraño.
Cada noche, Bastián desaparecía sin decir nada. Al principio, no le di importancia, pero había cosas que me causaban intriga: se volvió más receloso con su teléfono, ignoraba mis preguntas con respuestas vagas, decía que estaba trabajando arduamente en nuestro bufete, pero no compartía mucho de los casos conmigo. Antes podía confiar en él con los ojos cerrados, pero ahora… ahora no sabía qué pensar.
Damián, en cambio, cada d&iac
ANDY DAVISNo supe cuánto tiempo me quedé viéndolo hablar a unos pasos de mí, con esa actitud de que no quería que me enterara. Lo curioso era que no me dolía. No sentía celos. Solo una extraña paz.—Tengo que irme… —susurró con apatía y suspiró. Volteó a verme con intensidad antes de estrecharme con fuerza, como si tuviera miedo de que fuera a desaparecer—. Te amo, Andy. Lo sabes, ¿verdad? Pronto estaremos juntos. Mi corazón me lo dice.Me desconcerté. Quise apartarme para verlo directo a los ojos, pero él no me soltaba. Levanté el rostro queriendo encontrar una respuesta y él se inclinó con intenciones de besarme, pero antes de que pudiera reclamar, alguien nos atajó:
ANDY DAVISEl procedimiento de León había sido un éxito, pero verlo tan pequeño, ojeroso y cansado en su cama me rompía el alma. Me acomodé en el sofá junto a Victoria, quien estiraba su manita para alcanzar la de su hermano, con una ternura que me hacía olvidar todo lo malo.—Buenos días, mi Leoncito lindo —saludé en cuanto lo vi despertar—. ¿Cómo te sientes?—Como si un camión me hubiera aplastado —refunfuñó y su pequeño cuerpo apenas se movía, como si temiera hacerse añicos—. Ya no quiero estar aquí, solo me picotean y me torturan, sin hablar de esa comida fea.Fingió vomitar, sacando la lengua hasta que pude v
BASTIÁN LEBLANCDecidí que tenía que retomar mi vida lo mejor que pudiera, así que me fui directo al hospital, con la mente nublada, el cansancio pesando sobre mis hombros, pero con la determinación de ver a Andy y demostrarle que aún éramos una familia. Me dirigí directo a la habitación de León, esperando encontrarla allí, pero en su lugar, me recibieron las voces alegres de los niños.—¡Bastián! —exclamó Victoria al verme, corriendo a mi encuentro para abrazarme. León, desde la cama, también me sonrió, aunque su expresión denotaba cansancio.—¿Cómo te sientes, Leoncito? —pregunté revolviéndole el cabello con suavidad. No podía evitar encontrar en s
DAMIÁN ASHFORDPor fin me habían dado de alta y la necesidad de hablar con Andy antes de dejar el hospital me carcomía el alma. Con cada segundo que pasaba, la ansiedad aumentaba. Quería llevarme a los niños y a ella de regreso a casa, a Estados Unidos, donde realmente pertenecíamos, pero aquí tenían su vida, sería una conversación difícil. ¿Podría ser yo quien se quedara? ¿Podrá iniciar de cero con ella aquí, en Francia? Sin embargo, cuando llegué a la habitación de León, ella no estaba allí. En su lugar, encontré a Victoria y a León, quienes me recibieron con una energía extraña, demasiado contenidos, demasiado callados para ser ellos.—¿Dónde está su mamá? —pregunté fijándome en sus miradas esquivas. Victoria entrelazó sus deditos sobre su regazo, pensativa, viéndome con recelo. Era como si todas esas barreras que me había abocado a derribar en esas últimas semanas volvieran a estar de pie. —Está resolviendo el papeleo de León —respondió con un hilo de voz y agachó la mirada. —Ah
DAMIÁN ASHFORDCuando llegué a la habitación del hotel me encontré con un ambiente preparado cuidadosamente. Luces tenues, pétalos de rosa esparcidos sobre la cama, una botella de champagne con dos copas servidas en la mesita de noche. Mi corazón latió con fuerza en mi pecho.Andy. Mi indomable pantera. Siempre lograba sorprenderme.El momento se me hacía irreal. ¿Por fin podría tocar su piel? ¿Por fin podría llegar hasta donde siempre soñé? De solo imaginarla aceptando desnudarse ante mí, mi piel se erizaba y el deseo se elevaba. No pude evitar sonreír de lado y pensar que sería agradable tener un hijo más. ¿Era muy pronto? Tal vez, pero en verdad deseaba tener más hijos con ella, hacer una vida a su lado. Tenerlo todo. Pero algo me inquietaba. Miré a mi alrededor y suspiré, sintiendo que quizás esto no era el momento adecuado. Ahí estaba de nuevo esa responsabilidad paterna y la imagen de los mellizos pateando lejos de mi mente esos pensamientos lujuriosos que tenía con Andy. Me ac
ANDY DAVIS—León tiene razón —contesté poniéndome de pie, apesadumbrada—. Nunca me han mentido, ni en sus travesuras más complejas. Saben que los accidentes pasan y que nunca me voy a enojar solo por eso. Estoy segura de que ellos no hicieron nada malo.Me acerqué a mis pequeños y los estreché con fuerza, besando sus cabezas, intentando reconfortarlos, aunque yo me sentía mal por mi teléfono.—No te preocupes, Andy. Te compraré uno nuevo y mejor. Ya era hora de cambiarlo, ¿no crees? —dijo Bastián aceptando dejar el tema atrás.—No quiero un teléfono nuevo. Este aún servía. Jamás había hecho algo así. —Lo miré con el ceño fruncido. Bastián sonrió con dulzura, acariciando un mechón de mi cabello.—No tienes que aferrarte al pasado —dijo
DAMIÁN ASHFORDDesperté con la cabeza dándome vueltas, la boca seca y un peso extraño en el cuerpo, como si hubiera estado sumergido en agua durante horas. Me incorporé con dificultad, llevándome una mano al rostro, tratando de disipar la niebla en mi mente. Parpadeé un par de veces hasta que mi visión se aclaró lo suficiente para notar que mi camisa y mi saco estaban tirados en el suelo y sentí un golpe de furia en el pecho. Por suerte mi pantalón seguía donde debía.Aparté la sábana con brusquedad y me puse de pie, casi tambaleándome. ¿Qué demonios había pasado? Lo último que recordaba era a Mindy mientras yo perdía el control de mi cuerpo. Revisé la habitación con la urgencia de un animal acorralado. Comencé a abrir cajones, a buscar entre la ropa esparcida, la habitación se estaba convirtiendo en un completo caos hasta que vi un bolso escondido detrás de la cómoda. Lo tomé sin d
DAMIÁN ASHFORDMis pasos me alejaron poco a poco del hospital, mi mente era un papel en blanco y no sabía hacia dónde me dirigía. Cuando me di cuenta la temperatura había descendido, el cielo estaba nublado y amenazaba con llover. Era como si mi estado de ánimo estuviera en sintonía con el clima. Al buscar un refugio me di cuenta del bar que tenía justo enfrente. Mi inconsciente sabía muy bien lo que necesitaba: alcohol. Me desplomé en el asiento frente a la barra con un suspiro pesado, ansiando sentir el ardor del licor bajar por mi garganta. No quería estar ahí, pero tampoco podía volver al hospital, no después de ver a Andy con Bastián, sonriendo como si todo estuviera bien, como si yo nunca hubiera existido en su vida. La imagen me golpeó con la fuerza de un tren.—¿Qué vas a tomar, guapo? —preguntó la cantinera, una joven sexy, pero intimidante. ¿En qué clase de agujero de mala muerte me había metido?—Sírveme lo más fuerte que tengas, y que no me deje ciego. —Dudaba de la cali