Corrí entre los túneles. El sonido de mis pasos hacían eco en el lugar. Gracias a eso, podía escuchar las voces de aquellos hombres. Entre más fuerte era el eco, más rápido corría. Iba de un túnel derecho a uno izquierdo.―Sepárense ―El eco de la voz de Williams fue estridente y cargado de resentimiento. El frío era insoportable, pero la adrenalina me ayudaba a disminuirlo. Mi camisón de tela fina no cooperaba con las bajas temperaturas a las que se estaba exponiendo mi cuerpo. Me estaba mareando, los pulmones me ardían y mi garganta estaba seca. Muchos túneles, túneles por doquier. ¿Cómo saldría de aquí? Si lograra despistar a Williams y sus secuaces, ¿cómo conseguiría la salida? Entre más avanzaba las luces iban titilando, otras eran de baja intensidad y al
Me obligó a caminar frente a él, con el arma apuntando mi espalda y su mano disponible sobre mi hombro. Nos metimos túnel tras túnel. Empezaba a dudar que Williams recordara la salida. Afortunadamente, no nos encontrado con los demás matones. Aún tenía esperanza de escapar. Y para eso, necesitaba mantener lejos a la mayor cantidad de enemigos. Desafortunadamente, estos túneles carecían de armas improvisadas. El piso y las paredes eran lisas. No había antorchas, sillas, palos, tubos, nada con lo que le pudiera pegar. Los músculos me estaban pasando factura por el esfuerzo que hice en escapar. Sentía la garganta seca al igual que los labios. Me relamía constantemente en busca de consuelo. Mis pulmones me molestaban. Y ya casi no sentía mis extremidades por culpa de las bajas temperaturas. Hasta Williams estaba temblando, lo sé por la m
Uno, dos, tres. Fueron tres disparos. No cerré los ojos ante la escena, pero si me sobresalté cada vez que apretaba el gatillo. Su sonido era ensordecedor. Sentí un cosquilleo en las palmas. Emocionalmente… no me dolió. No iba a mentir, era humana, ver a una persona asesinada, con heridas de bala en la cabeza y el pecho era traumatizante y asqueroso. Pero al recordar que el cuerpo que yacía en el suelo pertenecía a mi victimario, cualquier rastro de emoción desaparecía. Mi respiración era calma pura. Pensé que mi cuerpo comenzaría a temblar por el pecado que acababa de cometer. Pero solo fui recibida por la paz. Por fin podía descansar. Tantee el arma en mi mano. Williams tenia una herida de bala en la esquina de la frente, otra en el cuello y la tercera bala la fallé. La sa
••Narra Austin••Estas escaleras no fueron hechas para transportar a una persona inconsciente. La cambié de posición y me la eché en el hombro con sumo cuidado.―Tranquila, pequeña ―Jadee mientras subía la escalera de mano―, unos escalones más y habremos salido de los túneles. Todo estará bien. No me importaba que no respondiera, yo sabía que podía escucharme. Aparté la idea de que estuviera… Ignoré por completo sus labios morados, su piel tan blanca como el papel y su pecho que subía y bajaba con una lentitud preocupante. Salimos y la deposité en el suelo. Su rostro no se movía ni un centímetro. Mis temores más grandes me atacaron. Pegué mi oreja en su pecho. No escuché nada. Sentía que mi corazón estaba siendo torturado lenta y dol
••Narra Karina••Escuchaba voces. O mejor dicho, escuchaba una voz. Era mi esposo, hablaba con la calidez y el miedo fundiendo su voz. Me recordaba lo mucho que lo amaba, me suplicaba que no lo abandonara, me exigía que luchara por él y nuestro bebé. Me relataba historias de nuestra juventud, las canas verdes que le sacamos a sus padres por nuestras ocurrencias. Las conversaciones eran intermitentes. Supongo que me dormía, porque hablaba de un tema y cuando volvía a mis sentidos estábamos en medio de otro tema. Quería responderle, aplacar su sufrimiento, consolar su corazón herido, mas mis ojos se negaban abrirse y mi boca a moverse. Podía sentirlo todo. Sus manos sobre las mías, sus suaves caricias en mis mejillas, sus dedos jugueteando con mi cabello. Sus labios contra los míos. Su mano sobre mi vientre. Sus lágrimas mojando mi rost
Ese día no lo visité. Austin no respondió; no se negó pero tampoco aceptó. Ese día fuimos al hospital ya que me encontraba un poco mejor para salir de casa. Mi bebé y yo estábamos bien, solo necesitábamos descansar, mantenernos calentitos y evitar los alimentos fríos. Austin estuvo a mi lado, Maya estuvo a mí lado; vino a quedarse con nosotros por unos días. Me ha ayudado mucho, cuando no me está vigilando Austin, lo hace ella. Algo en sus ojos le da un brillo maternal. Me mira con dulzura.―Te dije que tu bebé es fuerte. Mira por todo lo que pasó y sigue contigo. No sabía que decir a eso, porque era verdad. Mi bebé era fuerte. Tuve infinidad de ocasiones para sufrir un aborto y gracias al cielo no pasó.―Tú eres fuerte ―añadió. Miré la barriga de Maya,
Tomamos un avión y volvimos a la ciudad dónde nuestro amor prosperó en tan poco tiempo. ―¿Vamos a vivir aquí? Negó con la cabeza. ―No. Viviremos en nuestro país natal, ahí tendremos a nuestro bebé y lo criaremos en la casa era de mis padres. Así es como siempre debió ser. Me hubiera gustado vivir cada año de mi vida ahí, pero las circunstancias me obligaron abandonar mi hogar temporalmente. Pensaba que Austin no tenía ningún sentimiento albergado por su país de origen, que simplemente no le interesaba más que para vengarse y producir dinero en el futuro. Que equivocada estaba. Austin amaba su país, lo extrañaba y fue obligado alejarse por su propio bien. Las pocas veces que visitaba el país era un caos dónde su vida peligraba. ―Pero este país siempre será nuestro lugar. Siempre lo será. Los momentos más preciados de nuestra juventud ocurrieron en este país. El destino decidió que nos uniéramos aquí; en este país compartiste tus vulnerabilidades, me expresarte tus preocupaciones
―No lo autorizo, no lo apruebo ―dije con rabia. ―La decisión ya está tomada. Es lo mejor para tu futuro ―Mi padre habló con firmeza―. Este matrimonio fortalecerá nuestro imperio. ―¡No soy una yegua de cambio! ―grité, arrojando un cojín al suelo. No estaba dispuesta a casarme con un desconocido, a dejar mi vida de lado, mi carrera, mi sueño. A compartir cama con un hombre que solo me veía como un intercambio de negocios. ―No te estoy preguntando, solo te informo. Mañana temprano te harás unos exámenes médicos importantes. Necesitamos confirmación de tu himen. ―¿M-mi himen? ―Se me revolvió el estómago. Me revisarían como si fuera un objeto, un juguete. Mi propio padre me estaba tratando como si fuera menos que una persona.―No me haré ningún examen. No me casaré con nadie ―proclamé como un mantra―. No le entregaré mi virginidad a alguien que no amo. Suspiró con irritación. Sus ojos me penetraron, implacables y carentes de amor. ¿Este es el mismo hombre que me arrullaba de p