LA ELEGISTE A ELLA.
LA ELEGISTE A ELLA.
El amanecer bañaba la habitación con su luz cuando Serafina abrió los ojos. La ausencia de Lorenzo junto a ella era un vacío frío y palpable. Se incorporó, con el corazón apretado por un mal presentimiento. En ese momento, Hipólita, con su habitual puntualidad, entró con una bandeja de desayuno, pero el aroma del tocino no podía ocultar la tensión en su rostro.
―Buenos días, señora. ―dijo el ama de llaves con una sonrisa. Sonrisa que Serafina no correspondió.
—¿Lorenzo vol