El Regreso de su Amor: Millones en Cenizas
El Regreso de su Amor: Millones en Cenizas
Por: Susi Ley
Capítulo 1
Santiago Rivera regresó al país. Después de tres años de matrimonio, esta fue su ausencia más larga por trabajo, tres meses.

Julia Castro se levantó temprano por una llamada de la casa familiar de los Rivera. La abuela de Santiago le habló con tono severo: "Ponte las pilas y trata de quedar embarazada esta misma noche, necesitas asegurar tu posición como la señora Rivera."

Por la noche, Julia estaba dando los toques finales a su último platillo cuando Santiago entró por la puerta.

Al contemplar la comida servida, la mirada del hombre se congeló.

Había dispuesto toda una selección de manjares conocidos por sus propiedades potenciadores y estimulantes: riñones al ajillo, omelette de ajo y cebollín, brócoli salteado con nueces y miel, ostras frescas con limón y criadillas fritas... Cada uno de estos platillos parecían burlarse silenciosamente de su "incapacidad" en la cama.

Julia se acercó sonriendo, le ayudó amablemente a quitarse la chaqueta del traje, como si fuera una esposa perfecta: —Bienvenido, cariño. Debes tener hambre, siéntate a comer.

Santiago escuchó ese dulce "esposo" mientras su sien palpitaba. Jaló una silla y se sentó con expresión seca y seria.

Julia obediente le sirvió arroz, luego le puso varios trozos de mariscos y huevos de pato en su plato, mirándolo después con ojos llenos de amor.

Santiago tensó la mandíbula, sus largos dedos golpeando con ligereza el borde del tazón mientras miraba a Julia con ojos amenazantes: —Apenas me fui tres meses, ¿y ya estás tan desesperada por un hombre?

Estas palabras hirientes llegaron a los oídos de Julia. Su sonrisa se apagaba por un momento, pero enseguida recuperó la compostura y respondió con tono de burla: —La familia está ansiosa por tener un nieto, y tú siempre estás de viaje. ¿No debería aprovechar mientras estás en casa? ¿O prefieres regresar algún día y descubrir que ya eres padre?

Santiago suspiró resignado. Esta mujer seguía igual, aparentemente dócil pero con lengua afilada.

Julia, viendo que él no tocaba los cubiertos, pero tampoco se enfadaba, fue a la cocina y regresó con un buen caldo nutritivo.

El rostro de Santiago se nublo como una tormenta a punto de estallar. De repente agarró el delgado brazo de Julia, y antes de que ella pudiera reaccionar, la jaló hacia su pecho.

—¡Ay! Pero que haces.

Perdió el equilibrio y cayó directamente sobre sus muslos, sus brazos rodeando el cuello de Santiago.

Al levantar la mirada y encontrarse con esos ojos seductores, el corazón de Julia latió con fuerza.

Disimuladamente giró la cabeza, sonrojándose hasta las orejas, y dijo con voz grave: —Suéltame, y vamos a comer de una vez.

Santiago la levantó en brazos y se dirigió al dormitorio con sus largas piernas, diciendo con voz profunda pero agradable: —No necesito esa comida para responder como el hombre que soy.

Después del sonido de la puerta cerrándose, Julia fue arrinconada contra la puerta.

—Espe... espera... pero que haces…

Ignorando su resistencia, una avalancha de besos la invadió, y el vestido ligero que llevaba cayó al suelo.

Julia se sentía débil, incapaz de resistirse mientras Santiago la rodeaba de arriba abajo con sus manos. En el momento más intenso, la llevó a la cama.

La temperatura de la habitación no disminuyó con la oscuridad. Algunas gotas de sudor cayeron, acompañadas por la respiración agitada de Santiago.

No supo cuánto tiempo pasó, tanto que su voz se volvió ronca y solo pudo suplicar perdón hasta que Santiago termino su venganza.

Él encendió la luz de la mesita de noche, iluminando su cara de rasgos definidos.

—Dime, ¿todavía crees que necesito esa comida? —le preguntó al oído, pero su voz profunda sonaba en los oídos de Julia como una pluma acariciando su todo su cuerpo.

Ella, respirando entrecortado, negó débilmente con la cabeza, queriendo decir que no, pero estaba tan agotada que no podía pronunciar palabra.

Santiago, al no escuchar su respuesta, la arrastró nuevamente dentro de las sábanas...

Julia sentía que estaba a punto de romperse. En tres años de matrimonio, solo en esto parecían estar en armonía.

Una armonía que hacía parecer que ella era lo más preciado para él, como si quisiera destrozarla y mezclarse con su propio cuerpo.

...

Julia no recordaba cómo se cuándo se durmió. El teléfono sonó y ella contestó entre dormida.

—Santiago, hace mucho frío en el hospital y tengo mucho miedo. ¿Podrías venir a acompañarme?

La dulce voz al otro lado del teléfono alteró los nervios de Julia. Abrió los ojos de golpe, ya despierta.

Había contestado el teléfono de Santiago por error. En la pantalla, la llamada estaba el nombre de "Nati".

¡Natalia Herrera!

¡Aquella que había fastidiado su boda con Santiago, el primer amor que él guardaba en su corazón!

¿No había quedado en estado vegetativo después de un accidente de carro? ¿Acaso...?

Mientras estaba aturdida, Santiago ya se había despertado. El hombre la miró con ojos somnolientos y finalmente su mirada se posó en la pantalla iluminada del teléfono.

De inmediato, la mirada de Santiago se tensó. Tomó el teléfono de las manos de Julia y se dirigió directo al baño.

Julia lo escuchó contestar con una voz tierna y suave: —¿Qué sucede?

—No llores más, voy para allá en un momento.

Su actitud era dulce, completamente diferente a cómo la trataba de manera cotidiana.

El corazón de Julia se encogió de dolor mientras veía a Santiago salir del baño y vestirse como loco.

Como impulsada por un espíritu, extendió la mano y agarró el borde de su camisa: —Santiago, no te lo permito. No te vayas.
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