—Sí, mira que tonta soy, tan torpe que me quedé paradota aquí abrazándote como boba en la puerta.Doña Marta se secó las lágrimas, tiró de Perla y la llevó hacia adentro. Mientras caminaban, reía con ganas.—Ya estoy vieja, y la cabeza ya no me da para tanto.—Ven, siéntate. Lana, saca las cerezas grandes del refrigerador, a la señorita Balan le encantan. Ayer el señor las mandó a traer, y hoy tú por fin vuelves.Doña Marta andaba de un lado para otro, nada más entrar ya estaba organizando todo.Perla la detuvo suavemente.—Doña Marta, no te preocupes, solo pase a saludarte. Tengo que irme pronto.—¿Ya te vas tan pronto? —Doña Marta se desanimó.—¿No puedes quedarte un poco más? Ya está tarde, ¿por qué no esperas a cenar y luego te vas? Recuerdo que te encantan mis empanaditas de pollo, ¿por qué no comes primero?Frente a la insistencia de doña Marta, Perla no pudo rechazarla. Después de pensarlo un momento, dijo:—Tengo que irme por algo de la casa.—¿De la casa? ¿Te casaste? —pregunt
—Esta noche no voy a pasar a cenar, tengo algo que hacer.—Está bien, lo sé. —Marina respondió de forma indiferente.Al mediodía también le había enviado un mensaje a Marina, diciéndole que no la esperaran a almorzar.Colgó el teléfono.—¿William… te trata bien? —César se acercó por detrás, con los ojos llenos de dolor.¿Le estaba informando a William sobre lo que iba a hacer? ¿Ahora se había enamorado de William?Perla se dio la vuelta y lo miró. —Aparte de ti, que no me tratas a las patadas, los demás me tratan muy bien.El corazón de César sintió una punzada. Su cara se puso pálida. Bajó la cabeza y, con voz tímida, se disculpó:—Que cosas, fue mi culpa. Prometo que tratare cambiar, ¿podrías…?Perdóname.—Mejor quédate como estás, solo no me molestes. —Perla lo interrumpió, sin ganas de escuchar sus excusas.Esperó hasta que doña Marta regresó, y se apresuró a ir a la cocina para ayudar.Aunque no sabía hacer nada, al menos quería mantenerse ocupada y evitarlo.Durante la cena, Perl
Su auto estaba estacionado no muy lejos de la puerta de la casa. Perla caminó hasta el auto y dijo:—En serio, no necesito que me lleves.—Es peligroso andar sola a esta hora, mejor te llevo—insistió César.—El mayor peligro a veinte metros a la redonda eres tú —Perla abrió la puerta del auto y, temiendo que él la siguiera, se dio la vuelta y gritó—: ¡Basta de tonterías! ¿No dijiste que tu auto lo llevaste al taller? ¿Cómo vas a llevarme? ¿Vas a tomar mi carro? Cuando lleguemos, ¿vas a poner excusas para decir que no tienes auto para regresar?—¡César, deja de jugar y compórtate como un hombre!Realmente temía que César pudiera hacer eso. Después de decirlo, sintió como si un demonio la estuviera persiguiendo, por lo que rápidamente subió al auto y cerró la puerta con fuerza antes de irse.César no tuvo tiempo de subir al auto, vio cómo el auto se alejaba y sacó su celular del bolsillo de su pantalón para llamar a Rajiv.—Ven a recogerme ahora.El auto negro salió rápidamente del garaj
El centro de todo es su hermana Perla. Aunque César tuviera una colaboración comercial con él, en el corazón de su hermana, él no era más que un objeto. Si ella lo quería, lo tenía; si se cansaba, tan solo lo tiraba a la basura, como si no valiera nada.Perla negó con la cabeza y dijo:—Esta vez no lo haré.Perla tenía una especie de obsesión con la pureza emocional y nunca se metería con alguien que no la respetara.Al día siguiente...César llegó al trabajo con la camisa nueva que Perla le había comprado. Cuando llegó a la puerta de la oficina, Teresa llegó corriendo con tacones, apresurándose desde atrás.—César, ¿a dónde fuiste ayer? Te busqué todo el día y no te encontré por ningún lado —dijo Teresa con voz suave, sosteniendo unos documentos.Desde la mañana de ayer, César había seguido a Perla en secreto hasta la exposición de arte y permaneciendo detrás de ella hasta que salió de allí. Durante todo el trayecto, Perla ni siquiera se dio cuenta de que la estaba siguiendo.La puert
En la amplia cama de un hotel en el extranjero de Valle Motoso.Dos almas estaban estrechamente abrazadas haciendo el amor. En el clímax de la pasión, la voz ronca llena de un magnetismo casi sensual de César Balan, le susurraba al oído:—Lorena, quiero que tengamos un hijo producto de todo este amor.Ella, perdida en el deseo del momento, respondió un sí.Al terminar y aún abrazados, Lorena recordó lo que él había dicho.—¿Dijiste que quieres que tengamos un hijo?Sus ojos todavía brillaban con el deseo que no había desaparecido por completo, y esa mirada encendió de nuevo los pensamientos de César. Por alguna razón, su cuerpo siempre ejercía una lujuria irresistible sobre él. Intentó contenerse y sacó un anillo de compromiso que deslizó en el dedo anular de Lorena.—¿Estás en verdad pidiéndome en matrimonio?—Sí, quiero que seas mi esposa, y ¿así me podrás dar ese niño que tanto anhelo tener? —preguntó César con una sonrisa. En sus ojos había indulgencia, pero no amor.Pero esa mirad
No supo cómo, pero las lágrimas comenzaron a caer, y el maquillaje de ojos recién hecho ya estaba vuelto nada. Sus ojos se posaron entonces en el anillo de diamantes. Lorena tenía una corazonada, una especie de presentimiento. Esa aparecida, ¿destruiría acaso la felicidad que ella había tanto esperado?Pero algo sí era cierto: no podía quedarse ahí parada de brazos cruzados; tenía que saber quién era esa mujer.Después de quedarse un momento en su lugar, se levantó sin más y regresó al hotel.El avión había alcanzado su destino, Puerto Mar.En el hospital del Sagrado Corazón.Lorena estaba parada frente a la puerta de la habitación del hospital, abrazándose a sí misma. A través de la ventana de la puerta, intentaba mirar hacia dentro. Allí estaba el intimo amiguito de César; Ricardo Meyer, director del hospital, y otros doctores quienes chequeaban a la mujer que se movía inquieta en la cama.Dos enfermeras sostenían a la mujer para que no se alborotara tanto. En el avión, ya le habían
En el jardín del Hospital del Sagrado Corazón.La noche primaveral aún era fría. El sereno soplaba con un silbido áspero, a veces suave como un lamento y otras veces venía feroz, se sentía como un susurro mordaz o quizás una voz de reproche perene. El sonido de una fosforera rompió el silencio, y dos puntos de luz se encendieron. El humo del cigarro flotaba en el aire, confundiendo la vista de cualquiera.—Ya que Teresa ha regresado. ¿Qué piensas hacer ahora? —preguntó Ricardo Ignacio.No mencionó a Lorena, pero ambos sabían de qué hablaba.Una era el primer amor de la universidad, ese recuerdo juvenil que siempre queda en el corazón, la mujer que había salvado la vida a César.La otra, su novia durante tres años, con quien había compartido las mayores intimidades y aventuras y a quien ya le había propuesto matrimonio.César permaneció en silencio un buen rato antes de responder:—Ella solo es un reemplazo. Su existencia era únicamente valida solo para sustituir a Tere. Compararla con
Buscó el control de las luces, encendió la lámpara y apagó las velas con lo primero que encontró.Sacó del armario su pijama para luego darse un baño. Antes de entrar al baño, notó sin querer que todavía llevaba el anillo en su mano izquierda. Se lo quitó y lo arrojó al fondo de la caja de joyas.Cuando salió del baño, sacudió de la cobija los pétalos de rosa de la cama. Luego se metió bajo las sábanas cubriéndose la cabeza para dormir.Como de costumbre, se acostó en el lado izquierdo de la cama. César siempre la abrazaba por detrás convirtiéndose en una sábana más dispuesta a abrigarla a ella. Ahora, la gran cama tenía un enorme espacio vacío.Miró hacia la derecha, y ese vacío le molestaba. Se acomodó en el centro de la cama y tiró la otra almohada con desdén. Solo entonces se sintió cómoda.Apagó la luz y cerró los ojos.Pasaron dos días sin recibir noticias de César. Probablemente estaba en el hospital acompañando a Teresa, o trabajando quizás en la oficina.A Lorena no le importa