El deseo de escapar, de rechazar esta horrible decisión, creció dentro de Jordan como una llama incontrolable. En un esfuerzo por liberarse, dio un tirón fuerte, y en el proceso, el arma que Reinhardt había colocado en su mano cayó al suelo, haciéndose eco del momento con un sonido sordo.—¡No voy a hacer esto! —vociferó Jordan con fuerza, mientras levantaba la cabeza y le clavaba una mirada desafiante—. ¡No voy a entrar en tu juego! —En realidad, ya decidiste —aseveró Reinhardt—. Como no vas a dar tu vida por ella, entonces es ella quien debe morir.Con rapidez, Reinhardt tomó la pistola del suelo y, sin vacilar, la apuntó directamente a la cabeza de la mujer. El disparo resonó en el aire con una claridad mortal y la mujer cayó al suelo. Su cuerpo se desplomó y un río de sangre se esparció a su alrededor. La imagen de dos cuerpos tendidos en el suelo frente a Jordan lo dejó totalmente tieso.El tiempo pareció detenerse. No hubo forma de suavizar el corazón de Reinhardt. La frialdad
Reinhardt no respondió de inmediato, sino que se quedó inmóvil, observando a Jordan con un semblante inexpresivo, un rostro impasible que no dejaba ver si estaba molesto, ofendido o incluso divertido. Era como si nada de lo que Jordan dijera o hiciera tuviera impacto en él.Sin una palabra más, Reinhardt dio un paso hacia Jordan. Lentamente, recortó la distancia entre ambos hasta que sus rostros quedaron casi pegados. Jordan no se movió, no mostró sorpresa ni rechazo, sino que simplemente permaneció quieto, esperando que algo suceda. Reinhardt se acercó aún más, y en un movimiento inesperado, colocó una mano en cada una de las mejillas del chico, sujetándolo con firmeza mientras sus labios casi rozaban los de Jordan.El joven siguió sin reaccionar y no se apartó, ni hizo ningún gesto que indicara que quería alejarse. La tensión entre ellos creció en la atmósfera que los rodeaba, mientras Reinhardt lo contemplaba fijamente, como si estuviera evaluando el efecto que sus movimientos prov
—¡Jordan! —exclamó un joven, quien tenía unos cuantos años más que Jordan. Era de tarde cuando el chico se hallaba limpiando su habitación.—¿Matías? —pronunció Jordan, pues era el nombre del que le hablaba.—El Jefe quiere que vayas a su oficina —expuso.—¿Ahora? Pero si no he terminado de limpiar aquí —se quejó.—Creo que te necesita ahora. Yo que tú, no lo hago esperar —recomendó Matías, sabiendo el carácter de Reinhardt.Jordan lanzó un suspiro, soltó la escoba y se dirigió hacia la oficina del Boss. Sin embargo, antes de llegar a la puerta, Reinhardt la abrió y cruzó el umbral.—Campesino —articuló al verlo. Luego, se aproximó a él y lo tomó del brazo—. Vendrás conmigo a un sitio. Es hora de aprender algo útil —agregó, empezando a caminar y llevando a Jordan consigo.—¿A qué te refieres? ¿Y poqué me jalas? —refunfuñó.—Te enseñaré a usar una pistola —indicó, a lo que Jordan se resistió de inmediato, tironeando su brazo con fuerza.—¡Ya te dije que no quiero aprender a disparar! N
Un par de días después, la oscuridad de la noche había caído como un manto espeso sobre la ciudad, sumiendo las calles en un silencio inquietante. Cada sonido parecía amortiguado, como si el mundo entero estuviera reteniendo el aliento. En ese momento, Reinhardt y Jordan se dirigían a la ribera, pues un barco había atracado, el cual contenía cajas de licor.Al llegar, ambos bajaron del coche, a lo que Reinhardt se aproximó a los tantos hombres que ya se encontraban allí y les ordenó que descargaran el barco. Jordan se unió al trabajo, ayudando a los hombres a bajar las cajas.La ribera del río se extendía frente a ellos, oculta por una densa capa de plantas que se mezclaba con las sombras de la noche. Los árboles, altos y delgados, se movían suavemente con el viento y sus ramas crujían en silencio, creando una sensación de calma. El río, apenas iluminado por la luna, reflejaba las luces lejanas del puerto. A lo largo de la orilla, los arbustos formaban grandes matorrales y altos pasto
Era el mediodía cuando el sol intenso calentaba la carretera repleta de polvo, y a su vez, iluminaba a un joven delgado de aspecto desaliñado que levantaba el pulgar con la esperanza de conseguir un aventón hacia la ciudad. Vestía una camisa blanca desgastada que se pegaba a su espalda debido al sudor, unos pantalones amarronados con tirantes y unos zapatos viejos del mismo color. Sobre su cabeza, reposaba un sombrero de paja deteriorado, el cual ofrecía poca protección a su rostro contra el calor. Su piel estaba ligeramente bronceada debido a su exposición a los rayos solares. Con la nariz y los pómulos enrojecidos a causa de los rayos ultravioletas, observaba la manera en que una fila de vehículos pasaba frente a él y ninguno se detenía para ofrecer su ayuda. Finalmente, tras varios intentos fallidos, un camión que transportaba árboles talados redujo la velocidad y se detuvo delante de él. Un hombre mayor, con barba canosa y semblante cansado, asomó la cabeza por la ventanilla.
Jordan frunció el ceño, mostrándose claramente perplejo. Antes de que el hombre se fuera, lo agarró del brazo.—¿A qué te refieres? ¿Por qué me estás diciendo eso? —preguntó, sintiendo la desesperación brotar en su voz.—No tengo nada más que decirte, niña. Ya vete, no hay lugar para ti aquí. Además, ¿cuántos años se supone que tienes? Este no es sitio para alguien como tú. Vete ya.—Pero… ¿por qué me dices eso? ¿Por qué me tratas como si fuera mujer? No soy mujer —insistió Jordan, sin soltar el brazo del hombre.Éste levantó una ceja, mirándolo como si acabara de decir algo completamente absurdo.—¿De qué estás hablando, niña? Puedo reconocer a una mujer desde kilómetros. Trabajo en esto, veo mujeres todos los días. ¿Quieres verme la cara de tonto?Jordan se quedó mudo, sin poder creer lo que oía.—No entiendo lo que dices. Te repito que no soy una mujer —declaró con seguridad. El hombre entornó los ojos, observándolo más de cerca.—¿Acaso estás tratando de hacerte pasar po
Decidido a ayudar, Jordan se arrojó al mar y llegó hasta el hombre. Comenzó a jalar las cadenas para sacarlas de la roca, pero fue inútil. También pensó en romper la piedra, pero eso era aún más complicado.Jordan subió a la superficie, tomó aire y volvió a sumergirse. Recordó la llave que uno de los hombres había arrojado al agua y empezó a buscarlo esperanzado. Quizás, podría ocurrir un milagro y encontrarlo.Buscó frenéticamente entre las piedras del fondo, sintiendo la desesperación crecer con cada segundo que pasaba. Finalmente, sus dedos rozaron algo metálico. Era la llave, la cual había sido arrojada cerca de Reinhardt para que éste se desesperara por querer tomarla y se ahogara más rápido. Jordan la tomó y se aproximó al hombre encadenado. Aun con sus manos moviéndose a causa de la agresividad del agua, logró abrir las cerraduras. Reinhardt, libre de las cadenas, nadó rápidamente hacia la superficie e inhaló una gran bocanada de aire, recuperándose en cuestión de segundos.
Reinhardt se mantuvo impasible. Sus ojos, oscuros y vacíos, no mostraban ni un rastro de emoción. La mano que sostenía el arma estaba firme, sin el más mínimo temblor, como si apuntar a la cabeza de Jordan fuera una acción cotidiana.—¿Crees que me importa? —dijo él, con una voz baja y helada, carente de cualquier rastro de humanidad. No había titubeo en su tono, ni rastro de compasión.En ese momento, Charlie intervino rápidamente. —Reinhardt, esto no es necesario. Este… muchacho vino ayer a pedir empleo y le dije que no. Ha vuelto para insistir, pero no hay nada para él aquí. Solo déjalo ir —farfulló. Sabía que Jordan no era hombre, pero seguía pensando en que solo era una jovencita que quizás tenía sus propios problemas y que esa era su forma de enfrentarse al mundo. Reinhardt no bajó el arma, pero Jordan creyó ingenuamente que Charlie podría ser capaz de controlarlo. —S-Sí, así es —se puso de pie lentamente—. P-Pero ya que me han rechazado por segunda vez, me voy p-para no