Leonardo y yo salimos del edificio, y al instante el chofer abre la puerta del auto para que subamos. Me acomodo en el asiento del copiloto mientras él toma el del volante. No esperaba que él mismo condujera, pero no hago ningún comentario al respecto. El trayecto es tranquilo, pero sé que su mente está tan activa como la mía.—Te gustará este lugar. Es exclusivo y muy discreto —comenta, desviando la mirada hacia mí por un breve instante.Me limito a asentir. No suelo aceptar este tipo de invitaciones con clientes, pero hay algo en Leonardo que me intriga. No solo por su propuesta de negocios, sino porque su interés en mí parece ir más allá del ámbito profesional.Al llegar al restaurante, un valet nos recibe con eficiencia impecable y nos conduce a una mesa en un rincón apartado, lejos del bullicio. El lugar desprende una elegancia sutil, con luces cálidas que resaltan la madera oscura y reflejan reflejos dorados en las copas de cristal. Cada detalle ha sido cuidadosamente pensado pa
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