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El dolor punzante en mi cabeza es lo primero que siento al despertar. Mis párpados pesan como si llevaran horas cerrados y mi cuerpo se siente rígido. Me incorporo lentamente y un suspiro áspero escapa de mis labios. No hace falta mirar a mi alrededor para recordar la noche anterior. La botella de whisky vacía en la mesa es suficiente prueba de mi insomnio. Frente a mí, el cuadro de nuestra boda sigue colgado en la pared, con esa imagen congelada de Andrea sonriendo, como si se burlara de mi estado actual.Me paso una mano por el rostro. ¿Qué demonios me está pasando? Yo decidí esto. Yo fui quien quiso que Andrea saliera de mi vida.Me levanto con dificultad, sintiendo el mareo golpearme por la resaca. Camino al baño y me detengo frente al espejo. El reflejo que me devuelve no es el del hombre impecable y seguro de sí mismo que suelo ser. Mi cabello está desordenado, mis ojos enrojecidos y la sombra de una pequeña barba desaliñada cubre mi mandíbula. Exhalo con frustración. No puedo s
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Creo en el destino
El peso del silencio se hace insoportable mientras veo a mi abuela acercarse a mí. Su expresión es dura, su mirada, llena de decepción. Me niego a dejar que esto se descontrole más de lo que ya lo ha hecho. Tomo mi teléfono y marco rápidamente al chofer de la familia.—Lleva a la abuela de regreso a la mansión de mis padres —ordeno con un tono que no admite discusión.Ella me lanza una última mirada severa antes de salir por la puerta.—Espero que esto sea un error, Santiago. Te voy a estar esperando en la mansión para una explicación —dice con un tono que me hace sentir como un niño al que acaban de reprender.Antes de cruzar la puerta, su mirada se posa en Valeria. Fría, despectiva. No necesito palabras para entender lo que piensa de ella. Aprieto los puños. No es el momento para esto.Miro a Valeria, que está parada junto a mí con una sonrisa nerviosa. Tomo su mano y la guío al interior de la casa.—Pasa, tenemos que hablar —le digo, sintiendo la tensión acumulada en mi cuerpo.Mie
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Soy el esposo
Leonardo y yo salimos del edificio, y al instante el chofer abre la puerta del auto para que subamos. Me acomodo en el asiento del copiloto mientras él toma el del volante. No esperaba que él mismo condujera, pero no hago ningún comentario al respecto. El trayecto es tranquilo, pero sé que su mente está tan activa como la mía.—Te gustará este lugar. Es exclusivo y muy discreto —comenta, desviando la mirada hacia mí por un breve instante.Me limito a asentir. No suelo aceptar este tipo de invitaciones con clientes, pero hay algo en Leonardo que me intriga. No solo por su propuesta de negocios, sino porque su interés en mí parece ir más allá del ámbito profesional.Al llegar al restaurante, un valet nos recibe con eficiencia impecable y nos conduce a una mesa en un rincón apartado, lejos del bullicio. El lugar desprende una elegancia sutil, con luces cálidas que resaltan la madera oscura y reflejan reflejos dorados en las copas de cristal. Cada detalle ha sido cuidadosamente pensado pa
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