La venganza no es un plato que se sirve frío. No, la venganza es un arte. Y yo he pasado años perfeccionándolo.Me recuesto en el enorme sofá de cuero negro de mi oficina, con un whisky en una mano y el teléfono en la otra. La pantalla ilumina el rostro de Valeria D’Angelo, aún con el vestido de novia, rota, devastada, humillada frente a cientos de invitados y millones de espectadores en internet. Es un espectáculo patético, pero también fascinante. Porque en su desgracia, yo veo una oportunidad.—No puedo creer que Leonardo sea tan imbécil —murmuro para mí mismo, dando un sorbo al whisky.Leo. El hombre que más odio en este mundo. El mismo que hace años me arrebató todo sin pensarlo dos veces.Un golpe en la puerta interrumpe mis pensamientos. Es Gael, mi mano derecha. Entra con una sonrisa socarrona y un sobre en la mano.—Pensé que te gustaría ver esto —dice, dejándolo sobre mi escritorio de cristal.Levanto una ceja y lo abro. Fotografías, documentos, extractos de conversaciones f
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