El vestido blanco de encaje ajustaba mi cuerpo a la perfección. Cada detalle había sido elegido con precisión: la pedrería en el corsé, la caída de la falda, el velo bordado con perlas diminutas que brillaban bajo la luz de la enorme cúpula de la iglesia. Parecía sacado de un sueño… o mejor dicho, de una mentira cuidadosamente elaborada.
Mi corazón latía con fuerza, pero no por nerviosismo o emoción, sino porque algo en mi interior se revolvía con una inquietud inexplicable. Aferré el ramo con fuerza y respiré hondo, diciéndome a mí misma que todo estaría bien. Que en unos minutos caminaría hacia el altar, que Leonardo me esperaría con su sonrisa perfecta y que nuestras familias quedarían unidas en el matrimonio que todos esperaban.
Entonces vi a mi padre abrirse paso entre los invitados con el rostro desencajado.
—Valeria… —Su voz era un susurro tenso, pero lo suficientemente fuerte como para que mi estómago se encogiera.
—Papá, ¿qué pasa? —pregunté, sintiendo cómo la inquietud se transformaba en algo más oscuro.
Mi madre se acercó detrás de él, luciendo pálida, con los labios apretados en una línea tensa. Fue ella quien tomó mi mano con fuerza, como si necesitara sujetarme antes de que el mundo se viniera abajo.
—Leonardo no vendrá.
Las palabras cayeron como un golpe seco.
No entendí. No quise entender.
—No es un chiste, ¿verdad? —Mi risa salió forzada, nerviosa, porque no había manera de que eso estuviera ocurriendo. No a mí.
Pero entonces mi madre sacó el teléfono, sus manos temblorosas al desbloquear la pantalla y mostrármela. Y ahí estaba la imagen que confirmaba que mi peor pesadilla se hacía realidad.
Leonardo. En una cama. Con otra mujer.
No cualquier mujer. Sofía Martínez.
Mi amiga. La misma que me había ayudado a elegir este vestido. La misma que había sonreído junto a mí en cada prueba, fingiendo que celebraba mi felicidad.
El escándalo ya estaba en las redes sociales. La foto se había filtrado minutos antes de la ceremonia, y en cuestión de segundos, el mundo entero lo sabía.
El prometido de Valeria D’Angelo la abandona el día de su boda por su mejor amiga.
Mis piernas se aflojaron, el aire se volvió denso, irrespirable. El murmullo de los invitados era un eco insoportable en mis oídos. Todos cuchicheaban, algunos con lástima, otros con morbo. La hija perfecta de la familia D’Angelo, la futura esposa ejemplar, humillada en vivo y en directo.
—Tenemos que salir de aquí —dijo mi madre, tratando de jalarme hacia la puerta trasera.
Pero no me moví. No podía.
Sentí las miradas clavarse en mí, la presión en mi pecho aumentando hasta el punto de la asfixia. La rabia y la vergüenza se entremezclaban en mi interior, formando un cóctel explosivo.
Los flashes de las cámaras comenzaron a estallar, y en ese momento, entendí que mi humillación ya no era solo mía. Era de dominio público.
Mi primer instinto fue correr. Desaparecer. Fingir que jamás había existido esta boda, esta farsa, este amor que nunca fue real. Pero entonces mis ojos se encontraron con los de alguien más.
Unos ojos oscuros, fríos, que me observaban desde la parte trasera de la iglesia con una sonrisa apenas perceptible en los labios.
Adrián Montero.
El heredero maldito. El hombre que mi familia detestaba.
Me miraba con una mezcla de diversión y algo más. Algo que no supe descifrar, pero que encendió una alarma dentro de mí.
Ese no era el rostro de alguien que sintiera pena por mí. Era el rostro de alguien que veía una oportunidad.
Intenté apartar la mirada, pero su presencia me atrapó. Su traje negro impecable contrastaba con la expresión de satisfacción en su rostro. Como si hubiera estado esperando este momento. Como si se estuviera deleitando con mi desgracia.
Un escalofrío recorrió mi columna.
No tenía idea de que ese hombre estaba a punto de cambiar mi vida para siempre.
Los flashes seguían estallando, cegándome. La cacofonía de murmullos se volvió insoportable, un zumbido punzante que se filtraba en mis oídos. "Pobre Valeria", "Qué vergüenza", "¿Viste la foto?", "Nunca me gustó Sofía, se veía demasiado amigable".
No quería escuchar. No quería sentir.
Pero la rabia, la humillación, el peso de cada mirada sobre mí se clavaba como puñales invisibles en mi piel. Mi madre murmuraba algo a mi lado, intentando sacarme de ahí, pero mis pies estaban anclados al suelo de mármol.
Y entonces, como si el destino no pudiera ser más cruel, el sonido de una notificación resonó en mi teléfono.
La pantalla se iluminó.
Leonardo D'Angelo: "Lo siento, Valeria. No fue planeado. No podemos casarnos".
Un mensaje. Un maldito mensaje de texto. Ni siquiera tuvo la decencia de llamarme. De enfrentarme.
El vestido, ese vestido de novia que había elegido con tanto cuidado, de repente se sintió como una prisión. Me sofocaba, me pesaba como si mil cadenas invisibles lo sostuvieran.
—Valeria… —Mi madre me tocó el brazo con delicadeza, su rostro reflejando desesperación.
No la escuché. Mis manos temblorosas apretaron el teléfono con fuerza. No fue planeado. ¿Qué clase de broma era esa?
La ira se arrastró por mi piel, quemándome de adentro hacia afuera. La desesperación se transformó en algo más afilado. Furia.
Él se acostó con mi amiga y tuvo la audacia de decirme que "no fue planeado".
Los susurros a mi alrededor eran una mezcla de lástima y morbo. La prensa, los invitados, los empleados del catering… todos observaban, esperando ver cómo reaccionaría la "novia abandonada".
Y en medio de todo, Adrián Montero seguía ahí.
Inmóvil. Sonriendo con ese aire de suficiencia que me ponía los nervios de punta.
¿Por qué estaba aquí? ¿Para burlarse? ¿Para ver cómo la familia D'Angelo caía en desgracia?
Basta.
No iba a derrumbarme. No les daría ese placer.
Respire hondo y con un movimiento brusco, arranqué el velo de mi cabello y lo dejó caer al suelo. Un murmullo colectivo recorrió la iglesia. Luego, sostuve el ramo de rosas blancas y, sin dudarlo, lo lancé al suelo con toda la fuerza de mi rabia. Los pétalos se esparcieron por el mármol brillante, como si fueran las cenizas de una vida que acababa de hacerse polvo frente a todos.
La multitud enmudeció.
—Valeria… —Mi padre pronunció mi nombre con advertencia, pero yo ya no escuchaba.
Sin mirar atrás, giré sobre mis tacones y caminé hacia la puerta principal de la iglesia. No me importó la prensa, ni los flashes, ni las exclamaciones de sorpresa.
Y justo cuando estaba a punto de llegar a los escalones de la entrada, una voz profunda y arrogante me detuvo.
—Bravo, princesa.
Mi espalda se tensó.
No necesitaba girarme para saber quién era.
Adrián Montero.
Respire hondo antes de girar lentamente sobre mis talones. Ahí estaba él, apoyado con desfachatez contra una de las columnas de la iglesia. Con su traje negro impoluto y esa expresión de maldita diversión en su rostro.
—No sabía que los Montero eran tan morbosos —espeté, mi voz impregnada de veneno.
Adrián sonriendo, cargando el rostro con estudiada indiferencia.
—No sabía que las novias abandonadas eran tan entretenidas.
Mi mandíbula se presiona. Maldito. Maldito ególatra, cínico y despreciable.
—¿Te divierte mi desgracia? —pregunté, cruzándome de brazos.
Adrián se alejó de la columna con elegancia, caminando hacia mí con una calma exasperante.
—No más que a la prensa —dijo, haciendo un gesto con la cabeza hacia las cámaras que aún captaban cada segundo de mi humillación.
Bastardo.
Su presencia me irritaba, pero lo peor era que, en el fondo, tenía razón. Estaba en la boca de todos. Y mientras más intentara huir, más escándalo generaría.
Pero si pensaba que iba a quedarme aquí intercambiando sarcasmos con él, estaba muy equivocado.
Sin responderle, me giré para bajar las escaleras. Necesitaba salir de aquí. Necesitaba aire.
Pero entonces…
—Tengo una propuesta para ti, princesa.
Mis pasos se detuvieron en seco.
Cerré los ojos, sintiendo un escalofrío recorrerme. No, no iba a caer en su juego. No tenía tiempo para los jueguitos de Adrián Montero.
Pero su voz volvió a alcanzarme, aterciopelada y peligrosa.
—Podría ayudarte a vengarte de Leonardo.
Mi pecho se contrae.
Con los puños apretados, me obligué a girar la cabeza y enfrentarlo.
—¿Qué dijiste?
Adrián sonriendo, con esa maldita confianza de quien sabe que tiene todas las cartas en la mano.
—Tú quieres justicia. Yo quiero arruinar a los D'Angelo. Tenemos algo en común.
Mi boca se secó.
Esto no podía estar pasando.
Pero cuando vi la chispa calculadora en sus ojos oscuros, supe una cosa con certeza.
Adrián Montero no estaba jugando.