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La venganza no es un plato que se sirve frío. No, la venganza es un arte. Y yo he pasado años perfeccionándolo.

Me recuesto en el enorme sofá de cuero negro de mi oficina, con un whisky en una mano y el teléfono en la otra. La pantalla ilumina el rostro de Valeria D’Angelo, aún con el vestido de novia, rota, devastada, humillada frente a cientos de invitados y millones de espectadores en internet. Es un espectáculo patético, pero también fascinante. Porque en su desgracia, yo veo una oportunidad.

—No puedo creer que Leonardo sea tan imbécil —murmuro para mí mismo, dando un sorbo al whisky.

Leo. El hombre que más odio en este mundo. El mismo que hace años me arrebató todo sin pensarlo dos veces.

Un golpe en la puerta interrumpe mis pensamientos. Es Gael, mi mano derecha. Entra con una sonrisa socarrona y un sobre en la mano.

—Pensé que te gustaría ver esto —dice, dejándolo sobre mi escritorio de cristal.

Levanto una ceja y lo abro. Fotografías, documentos, extractos de conversaciones filtradas. Información valiosa.

—Dime que esto es lo que creo que es.

Gael asiente.

—Leonardo D’Angelo y su padre están en problemas. Hicieron negocios turbios con el gobierno y si esta información se hace pública, su imperio se desplomará.

Una sonrisa ladeada se forma en mi rostro. Así que los D’Angelo no son tan intocables como creen.

—¿Y qué hay de la novia abandonada?

Gael suelta una carcajada.

—Se esfumó. Nadie sabe dónde está. Probablemente en algún hotel de lujo, llorando su desgracia.

Valeria. La niña perfecta, la hija ejemplar de los D’Angelo. Hasta hace unas horas, un simple peón en el juego de su familia. Pero ahora, sin su prometido, sin su dignidad, sin nada… es vulnerable.

Y lo vulnerable puede ser manipulado.

Me pongo de pie, caminando hacia el ventanal de mi oficina. Desde aquí, la ciudad se ve diminuta, como si pudiera aplastarla con mis manos. Y eso es justo lo que haré con los D’Angelo.

—Gael, necesito que averigües dónde está Valeria. Y cuando lo hagas, quiero ser el primero en verla.

Él arquea una ceja.

—¿Qué planeas?

Cruzo los brazos sobre mi pecho y sonrío con calma.

—Convertirla en mi esposa.

Gael suelta una carcajada seca.

—Tú no crees en el matrimonio.

—No creo en el amor. Y esto no tiene nada que ver con amor.

Porque esto es un movimiento de ajedrez.

Valeria D’Angelo será mi reina en este juego de venganza.

Y los D’Angelo… caerán.

Gael me observa como si estuviera loco. No lo culpo. La idea de casarme con Valeria D'Angelo suena absurda incluso para mí. Pero el matrimonio, en este caso, no es un fin, sino un medio.

—Necesito que contactes a nuestros informantes en la prensa —le digo, sirviendo otro trago de whisky—. Quiero que se intensifiquen los rumores sobre la familia D'Angelo. Quiero que todos hablen de su caída, de su vergüenza.

Gael asiente, pero no sin antes soltar una carcajada seca.

—¿Y Valeria? ¿Cómo planeas convencerla de que se case contigo?

Me río con él. No necesito convencerla. Solo necesito que llegue al punto donde no tenga otra opción.

—Ahora mismo, su mundo se está derrumbando. Su prometido la ha dejado en ridículo, su familia estará presionándola para limpiar su imagen, y la prensa no la dejará respirar. Pronto, su desesperación la hará más receptiva a cualquier solución.

Gael asiente lentamente.

—Entonces, solo es cuestión de tiempo.

—Exactamente.

Me acerco a mi escritorio y tomo una de las fotos de Valeria. Su expresión en la imagen es de puro shock, con los labios entreabiertos y los ojos llenos de incredulidad. La princesa indomable de los D'Angelo, reducida a un chiste en redes sociales.

—Ella aún no lo sabe —murmuro, girando la foto entre mis dedos—, pero ya es mía.

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