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31 El costo del perdón
Al salir de la terapia, sentí que el peso de la discusión aún flotaba en el aire, como una nube densa e inevitable. Esta vez, mi estrategia habitual de evadir el conflicto no iba a funcionar. Grace estaba cansada de los rodeos, y, aunque no lo dijera directamente, sabía que no le bastarían promesas vacías. Era mejor enfrentar el problema de una vez y después solucionarlo como ya había descubierto que funcionaba.—Grace, puedes decirme lo que te molesta. Te dije que estoy dispuesto a cambiar por ti.Ella me lanzó una mirada cargada de escepticismo, como si estuviera buscando las grietas en mis palabras antes de decidir si confiar en ellas.—Tony, no quieres reconocer que no me das mi lugar —dijo finalmente, con una calma inquietante.—Grace, vivimos juntos. Deseo formar una familia contigo. Disculpa por pensar que eso era suficiente. ¿Qué más necesitas? —repuse, tratando de no perder el control, aunque su tono lograba ponerme a la defensiva.Nuevamente, el silencio fue su respuesta. No
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32 Hilos Invisibles
La noche del cóctel marchó mejor de lo esperado. Pude notar la satisfacción de Grace al ser presentada como mi pareja frente a todas esas personas importantes de mi círculo de trabajo. Por un momento, creí que todo estaba volviendo a encaminarse, hasta que apareció Juliette.—Tony, demoraste en llegar —dijo una elegante rubia en sus cuarenta, con una confianza que solo podía venir de alguien que se sabía familiar conmigo.Grace apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que Juliette se colocara demasiado cerca.—Hola, Juliette. Pensé que estabas fuera de la ciudad —respondí, tratando de sonar casual.—Volví antes, quería sorprenderte. Dejamos algo pendiente antes de que...—Te presento a Grace —la interrumpí, esforzándome por sonar firme—, mi novia.El rostro de Juliette apenas mostró una ligera mueca de sorpresa antes de componerse.—No sabía que tenías novia. Disculpen, tengo que atender esta llamada. —Y se alejó fingiendo revisar su teléfono.El incómodo encuentro arruinó la atmósfe
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33. Un viaje familiar
Llegué tarde. Una vez más, como si el universo se empeñara en marcarme como el desubicado de la familia. Apenas crucé la puerta, la sorpresa de todos se convirtió en una celebración forzada. Mi madre fue la primera en reaccionar, acercándose para abrazarme, pero detrás de ella, Katherine se encontraba con una sonrisa triunfal. Su mirada decía todo lo que no necesitaba escuchar: estaba solo, y eso era exactamente lo que ella esperaba. Gabrielle, de pie junto a su madre, me lanzó una mirada rápida antes de bajar la vista al suelo. Mi hija, mi sangre, cada día más lejana. Dolía, pero no podía culparla. Katherine había trabajado durante años para colocar una barrera invisible entre nosotros, y en momentos como este, podía sentir su efecto en cada gesto distante. Sofía y Dylan llegaron justo a tiempo para romper la tensión. Con sus dos hijos corriendo por la sala, llenaban el ambiente con risas y desparpajo, resaltando aún más lo vacía que estaba mi vida en comparación. Observé cómo Dyl
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34. El peso de las expectativas
El regreso del viaje familiar me dejó en un estado de inquietud. Había mantenido la calma frente a Katherine y mi familia, pero todo ese esfuerzo solo reforzaba una verdad ineludible: necesitaba un heredero, un hijo varón a quien transmitir mis enseñanzas y mi legado. Por años me había convencido de que no era el tipo de hombre que aspiraba a la familia perfecta, pero este anhelo se había apoderado de mí. Grace debía alinearse con mis planes. Esa noche, mientras cenábamos, aproveché un momento de tranquilidad para plantearle la idea. —He estado pensando, Grace. ¿Qué tal si retomamos la terapia? —dije, adoptando un tono que pretendía ser casual. Ella alzó la vista de su plato, visiblemente sorprendida. —¿Terapia? ¿Tú? Pensé que no creías en los psicólogos después de las conclusiones de la última sesión. Me encogí de hombros, fingiendo indiferencia. —Las cosas cambian. Quiero que esto funcione y estoy dispuesto a intentar lo que sea necesario para encontrar una solución. Grace s
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