(ARIANA JÁUREGUI)El trámite de la visa de matrimonio iba viento en popa. Los papeles ya se habían ingresado y solo faltaban algunos detalles burocráticos. Me sentía aliviada, aunque una pequeña parte de mí seguía nerviosa. La idea de que Sarah pudiera quedarse legalmente en Corea era un gran peso que me quitaba de encima. Hoy había decidido ir al supermercado que estaba a unas calles del edificio. Necesitaba comprar algunas cosas para la cena. Me puse un vestido suelto de algodón que me permitía moverme con facilidad, aunque ya comenzaba a sentir el peso de mi vientre. Aún era una pequeña protuberancia, pero ya me obligaba a ajustar mi postura y a caminar con más cuidado. «Ya quiero verle la carita», pensé, acariciando mi vientre con una sonrisa. También llevaba puesto el anillo que Ethan me había dado, un sencillo aro de plata que ahora sentía como un símbolo de nuestro compromiso, un compromiso que iba más allá de lo legal, un compromiso entre nosotros tres. «Nuestro secreto», pensé
(ARIANA JÁUREGUI)Ethan me miró con una mezcla de preocupación y resignación. Vi el miedo reflejado en sus ojos, el mismo miedo que sentía yo. Suspiró profundamente y aflojó un poco la tensión en su cuerpo. Sabía que no podía luchar contra ellos. Eran dos hombres grandes y fuertes, y él por más que no se quedaba atrás en lo alto no quería que se arriesgue a que lo lastimaran, ni a mí, ni a nuestro bebé.—Está bien —dijo finalmente, con la voz apagada. Me miró a los ojos, transmitiéndome un mensaje silencioso de apoyo y protección—. Pero ten cuidado. Si te hacen algo, llámame.Asentí con la cabeza, con los ojos llenos de lágrimas. Le di un rápido abrazo a él y a Sarah, sintiendo su calor y su apoyo, dándole algunas palabras al bebé antes que uno de los hombres me tomara del brazo para alejarme de los míos. Luego, con el corazón latiendo con fuerza, caminé hacia la camioneta negra. El peso de mi vientre se sentía cada vez más intenso, y cada paso que daba me costaba más que antes, creo q
(ARIANA JÁUREGUI)—Entonces déjame ser feliz con Ethan y con Sarah —repliqué, con la voz temblorosa de rabia—. No tenías ni una sola queja de Ethan cuando podías controlarnos a través del contrato. ¿Y ahora qué pasó? ¿Por qué este repentino cambio de opinión?—¿Qué? ¡Jamás lo vi bien! —exclamó mi madre, con una mueca de asco que me heló la sangre. Sus palabras resonaron en la habitación como un eco frío y despiadado. «Está mintiendo», pensé, con una punzada de dolor. «Siempre le agradó Ethan, siempre y cuando él hiciera lo que ella le pedía».—… ¿Cómo qué no? —insistí, con la voz entrecortada—. Lo mismo con Sarah, la adorabas cuando estaba allá en Los Ángeles, lejos de nosotros, ¿y ahora qué pasó? ¿Por qué este repentino desprecio?—Yo jamás los vi bien —repitió mi madre, con un tono de voz cortante, como si estuviera hablando de insectos que acababa de aplastar con el zapato—. Pero Ethan fue útil por un tiempo, un títere que movía a mi antojo, hasta que lo arruinaste todo al enamorar
(ARIANA JÁUREGUI)—¡Que no! —grité, con la voz llena de desesperación. El miedo y la rabia se mezclaban en mi interior, creando un torbellino de emociones que me sacudía. Sentía el peso de mi vientre, el leve movimiento de mi bebé, como un recordatorio constante de que tenía que luchar por él, por ellos, por nuestra familia—. ¡Mi hogar está aquí! ¡Mi hijo va a nacer aquí! Y tú… te puedes regresar por donde viniste.En un instante, todo se volvió borroso. Sentí un ardor repentino en la mejilla, un golpe seco que me hizo girar la cabeza. El silencio se hizo denso, roto solo por mi respiración entrecortada. Mi mano se elevó instintivamente hacia mi mejilla, donde la piel ardía. Las lágrimas, que antes contenía con esfuerzo, ahora brotaban sin control, mezclándose con la rabia y el dolor. El rostro de mi madre, distorsionado por la ira, se cernía sobre mí. Sus ojos, inyectados en sangre, me miraban con un odio que nunca antes había visto.—¡Te atreviste a desafiarme! —siseó mi madre, con
(ARIANA JÁUREGUI)Me sequé las lágrimas con el dorso de la mano y levanté la cabeza. Miré por última vez la suite, el lugar donde se había librado esta batalla emocional, y luego salí. Caminé por el pasillo con paso firme, sintiendo el peso de mi vientre como un recordatorio constante de mi fuerza, de mi futuro. «Mis bebés me necesitan», pensé. «Ethan y Sarah me necesitan. Y yo necesito estar bien por ellos, por mí».Mientras caminaba hacia el ascensor, recordé las palabras de mi madre: "Te vas a arrepentir toda tu maldita existencia por esto, Ariana Jáuregui". Una sonrisa amarga se dibujó en mis labios. «No, mamá», pensé. «No me voy a arrepentir. Me arrepentiría de no haber elegido mi propia felicidad, de no haber luchado por el amor que siento por Ethan y Sarah. Me arrepentiría de no haberles dado a mis hijos la oportunidad de crecer en un hogar lleno de amor y aceptación».Al llegar a la planta baja, salí del hotel y me adentré en la noche de Seúl. Habían pasado muchas horas desde
(ARIANA JÁUREGUI)-¡Llegué! Pude llegar a casa -exclamé, con una mezcla de alivio y euforia que me impulsó a dar pequeños brincos. Mis manos se posaron instintivamente sobre el final de mi pancita, acariciándola suavemente. Si bien aún no era enorme, para lo que estaba acostumbrada, ya era una presencia notable, un recordatorio constante de la vida que crecía en mi interior. Sentía el peso dulce y reconfortante, un peso que me anclaba a la realidad, a mi nueva realidad-. ¡Pude llegar por mi cuenta!-¡Ariana! -gritó Ethan, corriendo hacia mí. Sarah lo siguió de cerca, con los ojos llenos de lágrimas.Ethan me abrazó con fuerza, apretándome contra su pecho. Sentí su calor y su alivio, y me aferré a él con todas mis fuerzas, dejando que las lágrimas que había contenido durante todo el camino finalmente fluyeran libremente.-Estábamos tan preocupados -dijo Sarah, con la voz entrecortada por el llanto, abrazándome también. «Estaban aquí, me estaban esperando», pensé, sintiendo una profunda
(ARIANA JÁUREGUI)—Amores, estoy bien —dije, recostando mi cabeza en el pecho de Ethan. Cerré los ojos por un instante, disfrutando de su aroma y de la seguridad que me transmitía—. Solo quiero tomar un baño caliente, comer algo y, disfrutar de la compañía de ustedes y olvidarme de todo lo que pasó con mi mamá. De verdad necesito relajarme.—Está bien —respondió Ethan, con una sonrisa comprensiva. Me tomó suavemente en brazos, levantándome con cuidado. Sentí una oleada de alivio al sentirme liberada del peso de mi cuerpo.—¡Ethan! —exclamé, con una risita sorprendida.—Te llevaré a casa como una reina —dijo él, con una sonrisa traviesa.Sarah nos siguió de cerca, con una sonrisa dulce en los labios. Entramos al edificio y subimos en el ascensor hasta nuestro piso. Una vez dentro del departamento, Ethan me llevó directamente al baño y comenzó a preparar la bañera. Abrió la llave del agua caliente, ajustando la temperatura hasta que estuvo perfecta. Añadió unas sales de baño con aroma a
(PARK ETHAN) Un mes había pasado desde la tensa confrontación de Ariana con su madre. Un mes de constante vigilancia, de llamadas y mensajes para asegurarnos de que Ariana estuviera bien, de pasar más tiempo en casa de lo habitual para ofrecerle nuestro apoyo. Las noches habían sido largas, llenas de preocupación por su bienestar. Afortunadamente, ella se había mantenido firme en su decisión de cortar lazos con Matilde, y aunque la tensión persistía, los ataques directos habían cesado, al menos por ahora.Hoy, finalmente, tenía una cita con el detective privado. La necesidad de respuestas me quemaba por dentro. Necesitaba saber quién había orquestado todo este caos, quién había filtrado el contrato que me unía a Ariana en una farsa, y quién seguía esparciendo rumores maliciosos que intentaban dañar nuestra imagen. La incertidumbre me mantenía en un estado de alerta constante, y la idea de que alguien estuviera intent