ANTONELLALos pasos pesados resuenan contra las paredes de piedra cuando la puerta se abre de golpe. El mismo hombre que ha estado trayendo la comida entra sin ceremonias. Alto, corpulento, con esa mirada vacía de matón de turno. Su expresión no cambia cuando se acerca y me toma del brazo con rudeza. Comienza a arrastrarme hasta la salida.—¿A dónde me llevas? —protestó con voz firme a pesar de la sequedad en mi garganta.Pero el imbécil no responde.—¿Qué mierda piensas hacer conmigo?Sigue arrastrándome como si fuera un saco de arena. Siento sus dedos hundirse en mi piel, pero no hago ni el más mínimo gesto de dolor.Hijo de puta.Intento clavar los talones en el suelo, pero su agarre se endurece. Me empuja hacia adelante con una facilidad que me enferma. Hijo de puta. Mis muñecas, todavía atadas, laten con dolor cuando el movimiento brusco hace que la presión de los cordones aumente. La piel arde, cortada por la fricción, pero no digo nada.Nos acercamos a la salida del calabozo.
No porque esté mansa en este momento significa que seré amable con nadie en este maldito sitio. Ni siquiera con la mujer que ahora está ajustándome la ropa y peinando mi cabello con la misma frialdad que usaría para hacer una tarea rutinaria.Es la rusa que atendió mis heridas en aquel asqueroso calabozo. No me sorprende verla aquí, pero eso no significa que me agrade su presencia. Sigue hablándome en su maldito idioma, y yo sigo sin entender ni una sola palabra de lo que dice.Suspiro con fastidio cuando me señala un cepillo, indicándome que lo pase por mi cabello. Lo tomo con fuerza y comienzo a desenredar los nudos con tirones bruscos, arrancando algunos mechones en el proceso. Está hecho un desastre. Lleno de enredos por la falta de atención de estos días. Pero, ¿a quién carajo le importa?¿Por qué me están arreglando?La incomodidad en mi pecho crece con cada segundo que pasa. No sé qué está tramando esta gente, pero algo me dice que no me va a gustar.Cuando termino con mi cabel
Levanta la mano y trata de tocarme. Pero soy rápida y giro el rostro de inmediato, evitando su contacto. No voy a dejar que su piel y la mía ni siquiera se rocen. No lo permitiré.Él suelta una risa baja y oscura. Retira su mano con calma, sin dejar de mirarme.—Ya veo que no, —susurra—. Sigues manteniendo esa rebeldía. —Inclina el rostro antes de añadir con una tranquilidad escalofriante. —Tarde o temprano, tendrás que dejarla. —Su tono cambia, más seco, más pesado. —Si no quieres que los tuyos salgan heridos.Mi mirada se afila de inmediato.Giro bruscamente la cabeza, mis ojos perforándolo con odio puro.—Ni en esta jodida vida, ni en ninguna otra, me tendrás suplicando. —Él solo sonríe. —Y menos por tu asquerosa polla. —Mis labios se curvan con desprecio—. Esa te la puedes guardar muy bien dentro de tus pantalones o en otro coño.Su expresión no cambia, no se inmuta. Solo hay diversión en sus ojos oscuros. Pero mi cuerpo se tensa de inmediato cuando saca su teléfono y me muestr
Mis puños se cierran con tanta fuerza que las uñas se clavan en mis palmas. Por dentro siento el odio hierve en mis venas como un incendio incontrolable. La puerta se cierra con un clic seco detrás de él, dejándome sola en la enorme habitación que sigue oliendo a maldita vainilla, incluso el jabón de la ducha tiene el mismo aroma.Mi mandíbula se tensa mientras mi mente trata de procesar lo que acabo de ver.Ese video donde salen Asha y mi madre. No estaban solas, pero me di cuenta de que la seguridad no era muy reforzada, solo las acompañaban sus guaridas.Y mis hermanos… ¿por qué las enviaron con pocos hombres? ¿Por qué mis idiotas hermanos se están confiando? ¿Y dónde demonios están ahora mismo?El bastardo no dio detalles, solo dejó caer esa bomba de información y desapareció, dejando su amenaza flotando en el aire como un veneno que no puedo evitar respirar.Doy un paso hacia la puerta, pero me detengo antes de hacer lo que mi cabeza me dice. Aunque mis muñecas ya no están atadas
Mi ceño se frunce.—¿Hora de qué?El hombre no responde. Solo da un paso al costado y extiende la mano hacia la puerta. Pero no me muevo, estoy esperando a que me responda.—Dije, ¿hora de qué?Su mandíbula se tensa apenas, pero mantiene su tono monótono.—No hagas esto más difícil, princesa —pronuncia con desprecio.Río sin humor.—Difícil ya lo hicieron ustedes desde que secuestraron a mi padre y a sus amigos, y para acabarla, conmigo también.Nos mantenemos en ese estúpido duelo de miradas por un momento, hasta que él suspira, visiblemente irritado.—Si no vienes por tu cuenta, tendré que llevarte arrastras.Frunzo los labios.Siempre lo mismo con estos bastardos infelices. Y dicen llamar salvaje a mí. No soy su puta muñeca.Apretando los dientes con rabia, me pongo de pie y comienzo a caminar hasta la puerta, donde él sigue de pie y observándome.—No hace falta que me toques. Puedo caminar sola.No quiero pasar por lo mismo, cuando el gorila aquel me cargo. Él asiente con la cabez
Sus dedos se aferran a mi garganta con la precisión de un verdugo, con la presión justa para hacerme sentir que está en control absoluto de mi respiración, de mi resistencia y de cada maldito movimiento que intente hacer. Pero si cree que eso me hará ceder, está más equivocado de lo que jamás podría imaginar.Mis manos se aferran a su muñeca con la fuerza que me queda, no para detenerlo, sino para demostrarle que, a pesar de que me tiene en esta situación, no soy una víctima sumisa ni una muñeca rota que puede moldear a su antojo.Su sonrisa no desaparece en ningún momento, sigue ahí, esculpida con una mezcla de satisfacción y expectación, como si estuviera esperando a ver qué tanto puedo aguantar antes de rendirme por completo.Pero no le daré lo que quiere.—Dime, piccola, ¿seguías actuando como una niñita rebelde?Su voz, tan pausada y letal como un filo de navaja deslizándose por la piel, se clava en mi oído con la intención clara de provocarme, de ver hasta dónde puedo soportar a
El silencio que cae entre nosotros es pesado, cargado de algo que no puedo definir. Por un segundo, es como si realmente estuviera considerando mis palabras.Y luego, lo veo.La satisfacción en sus ojos. La curva de su maldita sonrisa ensanchándose. Maldito, infeliz, esto le divierte, y yo soy solo un juguete para su entretenimiento.La arrogancia late en su expresión como si acabara de confirmar exactamente lo que quería. Él sabe que ahora me tiene en sus jodidas manos, y no me refiero al agarre que su mano en mi cuello, esto es peor.—Eso, piccola, —su voz es baja, pero cargada de algo denso y oscuro—. Eso es lo que quería escuchar. Toda mía, incluso tu puto infierno me pertenecerá.Su pulgar se desliza por mi mandíbula con una lentitud casi perezosa, un roce tan sutil como perverso, un gesto tan manipulador que casi me hace perder el control.Pero no le doy el placer de reaccionar. No muestro nada. Porque ahora necesito tiempo. Tiempo para encontrar una forma de salir de esto sin q
El chico que me escolta viste un traje negro perfectamente entallado, con el cabello peinado hacia atrás como si estuviera preparándose para un evento importante.Y luego está Crow.Ese infeliz siempre se ve peligroso, incluso con una jodida chaqueta de cuero y pantalones oscuros. Pero esta vez, lleva algo distinto, un esmoquin.Con toda su postura y su expresión relajada, pero peligrosa, grita que esta noche es especial, al menos para ellos, porque para mí no significa nada.Sigo sin saber a dónde me llevan, sin saber qué quieren de mí. Todo lo que venga de esa bestia, no es bueno.El aire de la noche me golpea el rostro cuando salimos al exterior. No sé si es por la falta de costumbre o porque realmente he estado tanto tiempo encerrada que hasta el viento me resulta extraño.No alcanzo a ver mucho a mi alrededor, solo luces y la silueta de la mansión detrás de mí. El auto ya estaba esperando en la entrada. El chico abre la puerta trasera y, sin más, me obliga a entrar con un empujón