Capitulo758
El resultado, por desgracia, no pudo ser peor: justo cuando llegué a la sala de estar, Sofía también salió de su habitación.

Y no solo eso, sino que encendió apresurada la luz del salón.

Ahí estaba yo, como Dios me trajo al mundo, expuesto sin la más mínima protección, como un pez fuera del agua.

Sofía se quedó petrificada, mirándome con los ojos bien abiertos, claramente sin esperarse encontrarme en semejante situación. Su expresión reflejaba una mezcla toxica de incredulidad y vergüenza.

Pero lo peor de todo es que sus ojos se quedaron petrificados en mis genitales, como si estuvieran atrapados en una especie de trance, incapaces de apartarse de allí.

Cuando por fin reaccioné, me cubrí asustado con las manos y, con la cara ardiendo de vergüenza, balbuceé una disculpa:

—Lo siento… pensaba que estabas dormida…

Pero en cuanto lo dije, me di cuenta de lo estúpida que sonaba mi explicación.

No tenía sentido alguno seguir hablando, así que, sin decir nada más, salí corriendo hacia el baño,
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