Herseis esperaba a Helios con emoción, dicha y felicidad. Su mente, para molestarla, de mal recuerdo, como aquella vez cuando había esperado a Edán para darle noticia de que había sido escogido como empleado del banco Leona. Pero Helios era diferente; ese muchacho era un hombre inigualable y sin comparación. Aguardó, tal como aquella vez, y se quedó dormida. ¿Cuánto tiempo había pasado? Hasta sus sueños eran más coloridos, brillantes y emocionantes en los que Helios siempre estaba para ella. Abrió los párpados y vio la imagen borrosa de Helios. ¿Era una ilusión? Pero al despertarse lo vio con mayor claridad.Helios había llegado al estadio con paso firme, como solía hacerlo en cada lugar que pisaba, pero esta vez había algo diferente en su andar. La noche era suya, y lo que le guardaba detrás de las puertas era más que una simple celebración. Sabía que Herseis estaba allí, esperándolo, y aunque no conocía todos los detalles, podía intuir que ella había preparado algo especial. Desde e
Herseis se levantó con la elegancia que siempre la había caracterizado desde que su vida había dado un giro, desde que Helios entró en ella y la transformó de maneras que jamás habría imaginado. Su vestido de gala caía suavemente sobre su figura, la tela deslizándose con delicadeza mientras daba pasos seguros hacia él. No era una simple cena, era un momento importante, pero por eso no se permitía caer en sentimentalismos. Con Helios, su relación siempre había sido práctica y física, envuelta en una formalidad que ambos apreciaban. Sin embargo, dentro de esa formalidad, había algo mucho más profundo que ni uno ni otro estaba dispuesto a verbalizar.Se acercó a Helios, que estaba sentado en la mesa, observándola con sus ojos tranquilos pero atentos. Al llegar junto a él, sus manos se dirigieron a su saco, quitándoselo con cuidado, un gesto que tenía menos que ver con servidumbre y más con una especie de ceremonia privada que ambos compartían. Ella no era su sirvienta, ni él su amo, pero
Las palabras flotaron en el aire durante un momento que le pareció eterno. Herseis, a pesar de estar diciendo aquello en voz alta, todavía no podía creerlo del todo. Durante tanto tiempo, el hecho de que no pudiera concebir había sido una pesada sombra en su vida, una verdad que la había perseguido en su matrimonio anterior y que había consumido parte de su alma. Pero ahora estaba embarazada. Su cuerpo albergaba la vida, algo que había considerado imposible durante tantos años. Era un milagro.—Al fin tendré un hijo… —dijo con la voz entrecortada. Las lágrimas, que hasta ahora había contenido, finalmente brotaron, deslizándose por sus mejillas como si no pudiera esperar más para expresar la emoción que llevaba dentro—. Gracias al tratamiento ya ti.Su declaración apenas lograba transmitir la profundidad de lo que sentía. Miró a Helios, esperando su reacción, tratando de leer su rostro como tantas veces lo había hecho antes. Pero esta vez no era fácil. El joven, siempre tan contenido,
Herseis ante cada toque de Helios, rememoraba la diferencia que él había traído a su vida. Era un joven, sí, pero en sus manos había encontrado la seguridad y el respeto que tanto tiempo había anhelado. A medida que él la abrazaba con fuerza, pero también con un control perfecto, ella sentía cómo su pasado oscuro y sus cicatrices de viejas heridas desaparecían, reemplazadas por una luz nueva que él había traído consigo. Sus cuerpos se movían al unísono, una danza lenta y profunda, donde no existía el tiempo ni el espacio, solo ellos dos.Helios, por su parte, sintió la calidez de Herseis envolverlo como una llama que no quemaba, sino que lo llenaba de vida. Era consciente de cada reacción, de cada susurro que ella emitía en respuesta a su toque, y eso lo impulsaba a seguir, a perderse más en la suavidad de sus gestos y en la intensidad de su conexión. Aunque era un hombre reservado, en esos momentos con ella, permitía que las emociones se desbordaran, confiando en que ella podía soste
Durante el día, su vida en el trabajo también había cambiado. Ser gerente del banco Leona era una responsabilidad que la llenaba de orgullo, y aunque su embarazo avanzaba, seguía yendo al banco con el mismo entusiasmo de siempre. Había un brillo nuevo en sus ojos, una vitalidad renovada que no podía evitar. Todo lo que hacía ahora le parecía más intenso, más significativo, y sentía que el mundo a su alrededor se había llenado de colores más brillantes. La sonrisa no se apartaba de su rostro, y aunque sabía que debía ser cauta y mantener la compostura en público, había momentos en los que sentía que su alegría la desbordaba.Sin embargo, lo más difícil para ella era ocultar lo que realmente sentía por Helios. Sabía que debía mantener las cosas profesionales, y que su relación era, en su esencia, un contrato. Pero en el fondo, sabía que estaba enamorada de él. No podía evitarlo. Había algo en su firmeza, en su forma de ser, que la atraía cada vez más. Cada día que pasaba, lo admiraba má
Helios se acercó a Herseis en silencio, sus pasos casi inaudibles sobre el suelo del gimnasio. La observaba desde atrás, su cabello rizado cayendo en cascada, moviéndose con cada respiración que ella tomaba. Aquellos rizos, oscuros y brillantes, eran una de las primeras cosas que lo habían cautivado de ella, y ahora, el simple hecho de estar cerca de ese cabello esponjoso le generaba una sensación de hogar y pertenencia. Sin decir palabra, la abrazó desde atrás, envolviendo su cintura con sus brazos firmes. Sintió cómo su cuerpo se relajaba al contacto, y él hundió su rostro en el océano de rizos que tanto adoraba.El aroma de Herseis lo inundó, una mezcla de su perfume suave y el sudor ligero del ejercicio. Era embriagador, íntimo. El olor que conocía tan bien, que evocaba tantos recuerdos. Al pegar su cuerpo al de ella, sintió la familiaridad de sus formas, cada curva y contorno que él conocía de memoria. Pero, al mismo tiempo, era diferente: su vientre, aunque aún pequeño, contenía
La intensidad entre ellos no se disipaba, pero tampoco necesitaban palabras para validarlo. En ese abrazo, en ese silencio cargado de emociones, se dijeron todo lo que sus corazones guardaban en lo más profundo. No era necesario pronunciar las palabras que otros usarían; lo que compartían iba más allá del lenguaje.—¿Cómo te sientes? —preguntó él con su voz profunda, pero teñida de una amabilidad genuina que rara vez mostraba de manera tan abierta.Herseis lo miró, aún acomodada en sus brazos, la cabeza ligeramente inclinada. El abrazo seguía siendo una especie de refugio, una burbuja que ambos habían creado en la que todo parecía más sencillo y claro. Su respuesta fue simple, pero sincera.—Estoy bien. Gracias —dijo con afabilidad, como si esas palabras, aunque pequeñas, llevasen todo el peso de lo que significaban para ella. Incluso, su estado no le impedía seguir trabajando y ser la mujer fuerte e independiente que había sido toda su vida, pero sabía que ahora todo era diferente. H
Meses después, Herseis fue a aquella tienda para bebés. El lugar estaba lleno de colores suaves y una atmósfera de ternura. Estanterías repletas de ropa diminuta, juguetes de peluche y accesorios encantadores para los recién nacidos. El aire olía a frescura y las conversaciones a su alrededor giraban en torno a pañales, cunas y futuros nombres. Caminaba entre los pasillos con una calma y seguridad que no habría imaginado tener meses atrás. Su vientre prominente y su postura erguida eran símbolos de su nueva vida, una que había tomado un giro inesperado pero dichoso.Mientras acariciaba una suave mantita de algodón, se escuchaban voces que rompieron la paz del momento. No le costó mucho reconocerlas. Las miradas curiosas y las risitas discretas de un grupo de mujeres conocidas se dirigieron hacia ella. Al frente, la líder del grupo, Sofía, con esa postura altiva y mirada que parecía examinar cada detalle de su vestimenta y semblante.—Herseis —dijo Sofía, con ese tono condescendiente q