—¿Has vuelto a visitar Bilahl?— dijo finalmente Tabar como si hubiese oído sus silenciosas plegarias.—No. He estado más preocupada por los campesinos de las afueras. Han perdido muchas manos para trabajar con la guerra. Además los cultivos han sido escasos. — Zarah se preguntó si a su esposo realmente le interesaban esas cuestiones. Sabía que no todos los reyes eran tiranos, pero también sabia que los reyes solían ser hombres lo suficientemente estúpidos o egoístas para no interesarse en las cuestiones que atormentaban a su pueblo más allá de los muros de su fortaleza. Y para su pesar, eso incluía a su padre. Muchos campesinos habrían muerto en Sol Naciente si no fuera por el interés y la rebeldía de su hermana Miriam.—Podemos aliviar la carga de trabajo en las tierras reales. También repartiremos semillas o alimentos de nuestras reservas en los almacenes para el invierno. —Eso… sería de gran ayuda, mi Señor. Gracias. — Tabar sonrió antes de dar un trago a su copa de vino. —¿Por qu
La coherencia de Tabar comenzó a flaquear ni bien entró a los aposentos de su esposa. Sus ojos no podían separarse del hermoso cuerpo de Zarah ni por un segundo. Un magnetismo inexplicable lo había arrastrado a recorrer con sus dedos en una caricia la piel desnuda de la espalda de su mujer. Su lengua había actuado por propia voluntad al obligarlo a confesar lo mucho que su belleza lo deleitaba. Pero sus pies volvieron a tocar la tierra cuando vio esa expresión de resignación en los ojos de la mujer. Zarah no esperaba nada de él más que un deseo bestial. Parecía convencida de que el único propósito de su visita era forzarla a tener sexo con él. Decidió entonces esforzarse por contener sus deseos más primitivos esa noche. Iba a demostrarle que no era el salvaje que ella imaginaba. Estuvo un largo tiempo en silencio buscando entre sus pensamientos algún indicio de cómo comenzar a conversar. Pronto recordó los hechos ocurridos en Bilahl. Pareció sorprenderla con su lado más humano, preoc
Las velas comenzaron a consumirse a su alrededor. Tan sólo la fría luz de la luna entrando por el gran ventanal los mantenía iluminados pero esa suficiente para que Tabar pudiera deleitarse con cada expresión de su esposa. Había intentado indagar sobre el alcance de la magia de Zarah pero hasta ella estaba desorientada en esos asuntos. Muy pocas de las cosas que había leído en los viejos escritos de Sol Naciente eran ciertas. Sólo un libro “Crónicas del Mago Zhadli” le había dado algunos indicios de cómo usar correctamente su magia pero era un manuscrito arruinado con páginas arrancadas. Tabar anotó el nombre del mago en su mente, dispuesto a buscarlo en sus registros. Si seguía con vida podría ayudar a su esposa a despertar sus habilidades. No le agradaba verla desgarrarse la piel cada vez que necesitaba usar la magia. —Entonces…—Tabar hizo danzar la copa entre sus dedos formulando la siguiente pregunta en su cabeza. Zarah casi terminaba la comida en su plato. Levantó la mirada haci
Zarah no lloró. Solo dió vuelta el rostro escapando del tacto de Tabar. Un vacío asfixiante invadió al hombre que en ese instante sólo deseaba tener la mano de su esposa entre las suyas un poco más. Las palabras eran insuficientes para transmitir sus verdaderas intenciones. Necesitaba tocarla, rodearla con sus brazos para hacerle comprender que podía estar segura a su lado ¿Cómo le haría entender que había más de él que la bestia que ella había conocido en el comienzo? Incluso después de esa noche no sentía haber logrado demasiado para mellar su desconfianza. Aunque Tabar tampoco lograba menoscabar su propia desconfianza hacia Zarah. En su mente aún lo carcomían las incógnitas alrededor del pasado de su esposa ¿De dónde salieron esos rumores de su débil salud? ¿Cómo podían llamar frágil a una mujer que parecía ser casi indestructible? Eran las mismas dudas que lo atormentaban desde su regreso. Pero esta vez decidió no dejarse arrastrar por las fabulaciones que su mente construía en
—¿Has oído lo que pasó esta madrugada? Parece que esa mujer por fin sacó de quicio al Señor Tabar. —No me extraña que lo haya logrado. De todas maneras el Señor se ve entretenido en las garras de la extranjera. Sabe cómo seducirlo.—No creo que sea muy difícil, querida. Solamente se le resistió un poco y eso lo enloqueció ¿O acaso no escuchaste lo que le dijo? “Deja de escaparte de mí” o algo así. Está tan acostumbrado a que la piernas flojas de Ada se le lance en cada rincón que está disfrutando el desafío de la mujerzuela de Sol Naciente. Las sirvientas se rieron con malicia mientras refregaban las manchas grasientas en el lavadero. —Shhh… ¿Te imaginas si la Superiora nos escucha?—Susurró burlona una de las muchachas. —¿Qué va a hacer? No puede castigarnos con demasiada severidad. No ahora que el Señor está buscando cualquier excusa para deshacerse de ella ¿No recuerdas aquella cena semanas atrás? Fuiste tú la que estaba sirviendo esa noche ¿Verdad, Nayla?—Una de las sirvientas
El silencio acorraló al Señor de los Dragones en la fría habitación luego de la partida de Munira. Se preguntó hace cuánto tiempo los recuerdos de su madre no lo torturaban. Cada memoria que guardaba de ella estaba teñida de tristeza. Todo el mundo conocía la desgraciada historia de Djamila Enlz, heredera del trono del Reino de los Wargos. Una princesa sin corona, obligada a casarse con el Señor de los Dragones cuando los Nómadas del Norte incendiaron su castillo, a su gente e incluso a su propio padre frente a sus ojos. Del Reino de los Wargos no quedaban más que cenizas y leyendas vacías. Tariq había rescatado a Djamila que vagaba sola en el desierto cercano a Bilahl luego de escapar de la masacre. Y por años el entonces Señor de los Dragones la había agasajado con joyas, comodidades e incluso gestos de afecto que engañaron los mejores sentidos de Djamila. No es tarea difícil lograr engañar a una mujer inmensamente sola con promesas de fidelidad eterna. Los ojos de Djamila habían
El viento frío del invierno rozando su rostro le devolvió la calma. No necesitaba en su cabeza recuerdos dolorosos o incertidumbres irresueltas sobre el futuro. Una buena pelea aliviaría su espíritu. O eso creía, pues al entrar al campo de entrenamiento una voz familiar lo tomó por sorpresa. —¿Qué haces aquí?—La imagen de Jabari charlando y bromeando livianamente con los guerreros lo desconcertó. No esperaba verlo allí no estando tan cerca el aniversario de la muerte de Aysel. Mas grave aun le parecio verlo sonriente entre los hombres como si nada pasara. De pronto lo asaltó la sensación de que algo no estaba bien. —¡Miren quien se dignó a honrarnos con su excelentísima presencia! Estoy bien amigo mío, gracias por preguntar.—Responde, Jabari. — El guerrero sonrió. —Veo que como ya te aburriste de gritarle a mi Señora has venido a gritarme a mi. Las palabras entraron como un golpe justo entre las entrañas de Tabar. Pronto se formó un bullicio ensordecedor entre los guerreros. Apr
—Sus cervezas, caballeros.— La voz dulce de la cantinera no perturbó la gélida expresión de Tabar. Tomó el jarro con un simple gesto de cabeza en modo de agradecimiento. La taberna se encontraba en silencio. No solía llenarse hasta entrada la noche cuando los campesinos terminaban su labor o los guerreros cambiaban de guardia. —Gracias, Kanya— Fue Jabari quién finalmente contestó con una sonrisa amable. La joven se sonrojó, desacostumbrada a las palabras cálidas luego de atender hombres ebrios cada noche durante tantos años.—Sigues siendo un rompecorazones—Se burló Tabar una vez que la Kanya se alejó hacia el otro extremo de la barra, ganándose una patada del guerrero. —Cierra el pico ¿O quieres que mi mujer venga a matarme desde el otro mundo?—Es a mi a quien tu mujer va a venir a degollar desde el otro mundo. Sobretodo si sigues bebiendo en su tumba como si te hubieses abandonado a la muerte.— Jabari parecía sorprendido de que Tabar supiera sobre sus visitas a la tumba de su di