La rutina vuelve a establecerse en la mansión Corleone. Isabella continúa con sus clases diarias para Alonzo, enseñándole no solo las lecciones académicas, sino también los pequeños trucos para pensar de manera crítica, algo que el niño absorbe con entusiasmo. Renatto observa desde la distancia, manteniendo su habitual máscara de frialdad, aunque sus ojos oscuros la siguen más de lo que él mismo quiere admitir.
Un día, Isabella solicita su salida mensual. Renatto, aún receloso después de todo lo ocurrido, acepta, pero esta vez asigna a seis hombres para que la acompañen. La escolta es rígida, sin margen para desvíos nada más que para comprar lo necesario, y los informes que le llegan son siempre los mismos, Isabella hace una pequeña compra de comestibles y luego se encierra en su casa. Las cortinas permanecen cerradas. Las l
El cielo se tiñe de tonos naranjas y púrpuras mientras Isabella regresa a la mansión Corleone con la escolta que Renatto ha puesto para ella. Internamente sonríe, porque ahora comienza una segunda fase de su estadía en la mansión y pretende comenzarla lo antes posible.Sus pasos, medidos y tranquilos, no revelan el peso de las emociones que lleva dentro cuando deja el auto. Los hombres asignados para escoltarla la dejan en la entrada sin una palabra. Ella cruza la propiedad con la cabeza en alto, sus ojos fijados en el camino frente a ella, ignorando las miradas furtivas que algunos le lanzan y de esas burlas que las mujeres piensan que le afectan, sin saber que entre manos tiene un objetivo mucho más gordo.Renatto, apoyado contra el marco de una puerta, la observa mientras pasa sin mirar a nadie. Su expresión es de piedra, pero la sombra de una emoción más profunda ensombrece sus ojos. Sin decir na
El despacho queda atrapado en un silencio agónico, como si el tiempo mismo se hubiese detenido con la confesión de Isabella. Renatto siente su respiración pesada, como si un peso invisible aplastara su pecho.«De ti…»Esas dos palabras lo golpean como un balazo, directo al corazón que se había empeñado en endurecer y ahora, vulnerable como la mujer frente a él, siente que ese muro que construyó para ser lo que debe ser acaba de agrietarse más de lo que quisiera admitir.Suelta a Isabella de golpe, como si el contacto con ella le quemara la piel. Sus manos caen a los costados, temblorosas, empuñadas en una impotencia que lo va marcando más con cada respiración de ella. Mientras da un paso atrás, su mirada oscura fija en ella con una mezcla de incredulidad y furia mal contenida.Reacciona, sus ojos clavados en Isabella.—E
El aire en la habitación es denso, cargado con la fiebre que parece consumir a Alonzo. Isabella no responde a la pregunta de Renatto; su atención se centra completamente en el niño, que es quien los necesita en ese momento.Con manos firmes. pero llenas de ternura, comienza a desvestirlo, desabotonando cuidadosamente su camisa empapada de sudor. Su toque es suave, como si temiera romper algo precioso, aunque cada movimiento es preciso, como el de alguien que ha lidiado con el sufrimiento antes.Alonzo se vuelve pequeño y frágil entre sus manos, su rostro una expresión de dolor silencioso, la lucha interna con la enfermedad repentina que lo ataca. Isabella intenta levantarlo, pero su propio cuerpo aún siente las secuelas de su reciente herida. La tensión en sus hombros revela el esfuerzo que hace por sostener al niño. Es en ese momento que Renatto reacciona.—Dame a mi hijo —
Unas horas después, cerca de la medianoche, la fiebre comienza a ceder y el color vuelve poco a poco a las mejillas de Alonzo. Aun débil, el niño respira con más facilidad, y el sonido acompasado de su respiración llena la habitación en la penumbra de la noche. Isabella permanece a su lado, su figura encorvada junto a la cama mientras sostiene la pequeña mano del niño entre las suyas.Renatto, apoyado contra el marco de la puerta, observa la escena con una mezcla de emociones que no puede nombrar. La devoción de Isabella, su absoluta entrega, lo desarma y lo inquieta al mismo tiempo. Se cruza de brazos, la dureza habitual en su expresión suavizada por la sombra de una sonrisa que nunca llega a formarse. Con tono frío, como suele ser con ella, le dice más por pelear con ella que por reproche.—Supongo que te quedas porque es más cómodo dormir aquí que en la bod
El aire de Roma está cargado de la electricidad de una noche que promete peligro. Renatto Corleone se prepara para la entrega de un cargamento crucial, destinado a los Piromalli, una de las familias más antiguas y poderosas dentro de la ‘Ndrangheta. Cómo simple ritual le pide a Dios que lo acompañe, tal como siempre lo ha hecho desde niño, porque puede ser muy mafioso, pero creyente.Da una última llamada a la casa para saber de su hijo y de Isabella para antes irse a zanjar sus negocios.Por décadas, los Piromalli han sido de las familias más leales y eficientes, por lo que entregarles mercancía para que distribuyan en sus locales nocturnos es uno de los negocios más rentables. Sin embargo, Renatto es precavido y desconfiado, por lo que jamás ha dejado que nadie más que él se haga cargo de la entrega de producto.La ubicación elegida es neutral,
La luz de la luna ilumina tenuemente la oficina improvisada donde Renatto está revisando los informes de los movimientos de las familias enemigas, buscando cuál de ellas podría apoyar a Loretto en su sed de venganza.Lo cierto es que todas pueden ser potenciales aliadas a la locura de esa mujer. Pero lo que no sabe es que tiene a alguien peor cerca de él.Su teléfono vibra sobre la mesa, el nombre de su jefe de seguridad parpadea en la pantalla. Responde de inmediato y sin expresión.—¿Alguna novedad? —pregunta sin preámbulos.“Señor, todo tranquilo por ahora, pero la seguridad se ha reforzado como ordenó.”Renatto asiente para sí mismo.—No quiero fallas. Nadie entra ni sale de la mansión. Que todos estén alerta, cualquier cosa sospechosa, llámame de inmediato.“Entendido, señor Corleone. As&iac
Cuando Renatto llega al edificio, solo le permite la entrada a dos de sus hombres, porque no quiere chismosos. En cuanto la puerta se abre, nota el aire en el calabozo está espeso y cargado de polvo. La penumbra apenas permite ver las figuras de Isabella y la mujer con la que se enfrenta, ambas envueltas en una lucha feroz. Los sonidos de golpes secos y respiraciones entrecortadas resuenan en las paredes de piedra.La escena no deja indiferente a ninguno de los hombres que observan a través de la pequeña ventana que posee la puerta, pero el más sorprendido es Renatto, quien ve a Isabella por primera vez en esa faceta. Siente cierta admiración, ya que, a pesar de los golpes que ha recibido, muestra una determinación que desborda cada movimiento.La otra mujer, con la cara hinchada y un labio partido, lanza un puñetazo que Isabella esquiva con facilidad antes de responder con un gancho de derecha que la hace
De pronto, todo se vuelve oscuro, pero cuando Renatto es capaz de abrir los ojos que también cerró como un cobarde que nadie vio, ve a su gemelo sosteniendo el arma lejos de Isabella, ella de rodillas en el suelo respirando pesadamente.El aire en el calabozo es denso, impregnado del olor metálico de la sangre y el polvo que flota en el ambiente. Isabella permanece en el suelo, inmóvil y perpleja, la mejilla aún ardiendo por la bofetada que Renatto le ha propinado, pero su mirada sigue siendo la misma, desafiante, intensa, sin un ápice de sumisión.Él la observa con el ceño fruncido, respirando con dificultad, su mandíbula apretada en un intento de contener la tormenta que se agita dentro de él.—¡¿Estás loca?! —gruñe, su voz cargada de incredulidad y enojo—. ¡¿Cómo se te ocurre atentar contra tu vida solo po