El abismo y la luz

Los días continuaban siendo una mezcla de agotamiento y desesperación para Sofía. El ambiente opresivo de su trabajo la ahogaba más con cada jornada. Las humillaciones constantes por parte de su jefe, el señor Reyes, y la manera en que sus compañeros la cargaban con más y más trabajo la estaban destruyendo. Su vida se había convertido en un ciclo interminable de jornadas extenuantes, lágrimas ocultas y un peso insoportable en su pecho.

Era ya tarde cuando Sofía salió del bufete, con las luces del edificio apagándose a su paso. Su cuerpo estaba tan agotado como su mente, pero había algo peor que enfrentarse a las interminables horas de trabajo: el acoso constante de Raúl.

Cuando salió a la calle, lo vio allí, esperando de nuevo. Raúl, con su sonrisa torcida, recargado en su coche de lujo, como si cada día fuera un juego para él.

—Preciosa —dijo, acercándose con la familiar lascivia en su voz—. Sabes que eventualmente dirás que sí. ¿Por qué sigues resistiéndote? Sabes que puedo solucion
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