ANDY DAVIS
Los minutos dilataron y se volvían eternos mientras Damián revisaba los papeles, uno por uno, como si fuera a cerrar un trato millonario y cada letra chiquita fuera una trampa mortal, pero… a diferencia de un contrato comercial, ese no tenía letras pequeñas y hablaba de la salud de nuestro hijo. ¡¿Por qué tenía que pensarlo tanto?!
—¡Ya firma! —exclamé tentada a presionar su mano que sostenía el bolígrafo contra las hojas. Cuando volteó levantando una ceja y sus ojos cargados de arrogancia, me sonrojé y tuve que desviar la mirada—. ¿Por favor?
—Lo haga en este segundo o a las 11:59… nada cambiará. ¿Lo entiendes? No es que vayan a someternos al procedimiento en cuanto garabat
BASTIÁN LEBLANCCuando abrí la puerta y vi sus rostros tan cerca, con las gotas de lluvia resbalando por sus mejillas y esa electrizante tensión entre ellos, sentí un golpe de rabia en el pecho. Quería lanzarme encima de Damián y romperle la cabeza con mis propios puños, pero me controlé. No era el momento de explotar.Los dejé entrar con una expresión neutra, aunque por dentro hervía. Andy, aún avergonzada por el momento tomó la palabra:—Damián es compatible con León —soltó con una gran sonrisa, buscando en mis ojos la misma emoción que a ella la embargaba—. Será su donante de médula.No pude responder de inmediato, no podía compartir su alegría, no me sentía feliz, simplemente no podía borrar la cercanía de ellos en la puerta. Parecía que no había nada que pudiera cambiar mi estado d
BASTIÁN LEBLANCEntré al elegante café con un nudo en el estómago. Era el mismo lugar donde me había encontrado con Andy la primera vez después de años, pero ahora estaba aquí por una razón completamente distinta. En el balcón, esperándome con una sonrisa radiante, estaba ella: mi novia, Rachel, tan joven, tan inocente... tan ajena a la tormenta que se agitaba dentro de mí.En cuanto volteó hacia mí sus ojos se iluminaron. Traté de mantener una sonrisa cordial mientras me acercaba, acomodando mi corbata, manteniendo la compostura. Antes de que pudiera decir algo, se lanzó a mis brazos y me besó con una pasión que yo no pude devolverle del todo.Rachel tenía una energía explosiva, pero… mi piel parecía entumecida y no podía compartir esa misma euforia, aun así sonreí y la rodeé con mis brazos, manteniendo la farsa.
BASTIÁN LEBLANCEl café tenía un aroma fuerte y amargo, pero nada en ese lugar me resultaba más desagradable que la presencia de Mindy frente a mí. Era una mujer hermosa, todos los ojos se posaban en ella y podía adivinar que más de uno me consideraba afortunado por compartir mesa.Mindy era el extremo contrario a Rachel, más madura, una belleza que rayaba en la sensualidad, pero con una malicia que parecía correr por sus venas de manera natural. Una vez más me encontré pensando en Andy, ella no era infantil e inmadura como Rachel, tampoco ambiciosa y corrupta como Mindy, y en belleza les ganaba a ambas.Manteniendo el silencio y su sonrisa, sacó su teléfono con calma y deslizó la pantalla hasta mostrarme varias fotos. Ahí
BASTIÁN LEBLANCMe quedé en silencio, sintiéndome atrapado en una telaraña de la que no podía escapar. Mi mente gritaba que esto era una locura, que había otras maneras, pero mi corazón… Mi corazón solo pensaba en Andy. ¿Estaba dispuesto a hacer lo que fuera por estar con ella? ¿Incluso embarazar a otra mujer? ¡No! Quería que mi primer hijo fuera de Andy, que ella lo gestara en su vientre, quería verlo crecer, quería que fuera una combinación perfecta entre ella y yo.—Lo pensaré —respondí al fin, sintiendo mi propia voz distante. No quería hacerlo, tenía planes antes de esto, pero… también era una solución más rápida.Mindy chasqueó la
ANDY DAVISLa fecha había sido fijada. La operación que salvaría a mi hijo sería en dos semanas y Damián se había ofrecido a quedarse cada día al lado de ellos hasta que el día llegara. Ante mis ojos el cambio empezó a ser evidente y extraño.Cada noche, Bastián desaparecía sin decir nada. Al principio, no le di importancia, pero había cosas que me causaban intriga: se volvió más receloso con su teléfono, ignoraba mis preguntas con respuestas vagas, decía que estaba trabajando arduamente en nuestro bufete, pero no compartía mucho de los casos conmigo. Antes podía confiar en él con los ojos cerrados, pero ahora… ahora no sabía qué pensar.Damián, en cambio, cada d&iac
ANDY DAVISNo supe cuánto tiempo me quedé viéndolo hablar a unos pasos de mí, con esa actitud de que no quería que me enterara. Lo curioso era que no me dolía. No sentía celos. Solo una extraña paz.—Tengo que irme… —susurró con apatía y suspiró. Volteó a verme con intensidad antes de estrecharme con fuerza, como si tuviera miedo de que fuera a desaparecer—. Te amo, Andy. Lo sabes, ¿verdad? Pronto estaremos juntos. Mi corazón me lo dice.Me desconcerté. Quise apartarme para verlo directo a los ojos, pero él no me soltaba. Levanté el rostro queriendo encontrar una respuesta y él se inclinó con intenciones de besarme, pero antes de que pudiera reclamar, alguien nos atajó:
ANDY DAVISEl procedimiento de León había sido un éxito, pero verlo tan pequeño, ojeroso y cansado en su cama me rompía el alma. Me acomodé en el sofá junto a Victoria, quien estiraba su manita para alcanzar la de su hermano, con una ternura que me hacía olvidar todo lo malo.—Buenos días, mi Leoncito lindo —saludé en cuanto lo vi despertar—. ¿Cómo te sientes?—Como si un camión me hubiera aplastado —refunfuñó y su pequeño cuerpo apenas se movía, como si temiera hacerse añicos—. Ya no quiero estar aquí, solo me picotean y me torturan, sin hablar de esa comida fea.Fingió vomitar, sacando la lengua hasta que pude v
BASTIÁN LEBLANCDecidí que tenía que retomar mi vida lo mejor que pudiera, así que me fui directo al hospital, con la mente nublada, el cansancio pesando sobre mis hombros, pero con la determinación de ver a Andy y demostrarle que aún éramos una familia. Me dirigí directo a la habitación de León, esperando encontrarla allí, pero en su lugar, me recibieron las voces alegres de los niños.—¡Bastián! —exclamó Victoria al verme, corriendo a mi encuentro para abrazarme. León, desde la cama, también me sonrió, aunque su expresión denotaba cansancio.—¿Cómo te sientes, Leoncito? —pregunté revolviéndole el cabello con suavidad. No podía evitar encontrar en s