LEONEL ARZÚA
Ignorándome, Renzo posó sus manos en las puertas y antes de que pudiera detenerlo, las abrió de par en par. El estómago se me hizo pequeño y el corazón se me detuvo. Por sorprendente que pareciera, Gianna no estaba ahí.
—¿Feliz? —pregunté furioso intentando averiguar dónde se había escondido Gianna.
—¿Dónde está? —insistió Renzo.
—Aquí no… —contesté con ironía.
Me vio por el rabillo del ojo antes de entornar los ojos y dirigirse directo al baño.
—No te creo…
Abrió la puerta con f