Capítulo2
Después de que Rodrigo y Estrella entraron en el cuarto, Miguel Cortés corrió y casi que se topó con Rodrigo.

Temblando, Miguel tomó mi mano, su voz también temblaba. Quiso acariciar mi cabello, pero cuando sus dedos tocaron mi fría frente, dos lágrimas rodaron por sus mejillas.

—Ay, bobis, ¿no hubiera sido mucho mejor si te hubieses casado conmigo? Así no habrías terminado muerta y sin que nadie te atendiera.

Al ver al preocupado Miguel correr hacia mí, sentí una punzada. Parecía que acababa de regresar de otro lugar, de muy lejos. De hecho, desde que me casé, Miguel se había ido de esta ciudad.

El motivo que me dio en su momento fue que Rodrigo no lo aceptaba, y él no quería causarme problemas innecesarios, por lo que, al final, decidió marcharse.

Yo era una huérfana. Me adoptó una familia de apellido Cortés cuando tenía siete años, y Miguel era mi hermano adoptivo. Al principio, no me caía bien, pero mientras más tiempo pasaba, más amable se volvía conmigo.

En su momento, rompí todo contacto con mis padres adoptivos por Rodrigo. La razón era bastante simple: querían que me casara con una familia rica. Sabía que no me adoptaron por cariño, sino porque necesitaban un buen yerno para una alianza.

Miguel me ayudó a escapar de la familia Cortés. Supe desde muy temprano lo que sentía por mi.

Pero, comparado con Rodrigo, me era imposible casarme con Miguel, al menos mis padres adoptivos nunca lo aceptarían.

Miguel llevó mi cadáver, mientras tanto, Rodrigo se preparaba para salir a comprar algo de comida para Estrella, solo porque Estrella había dicho que, de repente, le habían dado antojitos de comerse un pastel de una repostería de barrio, que queda a treinta kilómetros de donde estaban. Rodrigo no dudó ni un segundo en levantarse e ir a buscarlo.

Mientras tanto, cuando yo solo quería que me trajera algo de la taquería de al lado cuando terminara su turno, ni siquiera se tomaba la molestia de hacerme ese favor.

Cuando Miguel y Rodrigo se cruzaron, mi cadáver estaba cubierto con una sábana blanca. Rodrigo y Miguel se miraron a los ojos. Rodrigo conocía a Miguel.

—No estorbes.

Miguel no fue para nada educado. Claro, ¿cómo podría serlo con el hombre que había provocado mi muerte?

Rodrigo tenía una mirada impenetrable. Dio un paso atrás, pues, al final, cuando alguien muere siempre parece volverse cien veces más importante.

Sin embargo, cuando Miguel se giró, la mirada de Rodrigo se posó sobre mi tobillo.

—¡Espérate un momento!

Rodrigo pareció recordar algo y se fue detrás de él.

—¿La que murió… era tu qué?

Mi respiración se detuvo por un instante, temía que Miguel revelara directamente mi identidad como la persona fallecida, pero tenía aún más miedo de que no lo dijera. En serio, estaba ansiosa por ver cómo reaccionaba Rodrigo al enterarse de mi muerte.

Miguel se quedó en silencio por un largo rato antes de responder.

—Era mi esposa.

Me quedé helada. Rodrigo también se quedó sin saber qué decir.

Rodrigo sabía todo sobre mi situación, incluso que Miguel sentía algo por mí.

—¿Y cuándo fue que te casaste?

Rodrigo preguntó sin pensar, pero, luego, se quedó desconcertado por su propia pregunta.

Miguel sonrió y no dudó en responderle con dureza.

—Creo que eso no es de tu incumbencia, ¿no es así?

Rodrigo se quedó sin palabras por un momento, y respondió con un tono algo irónico.

—Antes decías que te gustaba, Aurora, y mira, al final no eres tan diferente.

Miguel se quedó paralizado un segundo, y se giró para mirar a Rodrigo, dejándole una última pulla.

—Pues, comparado contigo, creo que yo lo hice mucho mejor.

Era una crítica tan evidente que no creo que Rodrigo no la haya entendido.

Seguí a Miguel mientras se llevaba mi cadáver en la camilla. Miré hacia atrás a Rodrigo, y me di cuenta de que, tal vez, era verdad que yo ya no lo amaba tanto como antes.
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