Quince años después.Ana trapeaba el piso del gran salón, el último espacio que le faltaba por terminar. Se había levantado temprano, cuando aún estaba oscuro, para terminar con prontitud y ver si podía tener un momento de descanso.Exprimía el último trapo, sus dedos enrojecidos por la fricción. La sala relucía bajo un sol que se asomaba tímidamente a través de las ventanas altas. Con una sonrisa cansada, observó su trabajo casi completado. Pero antes de que pudiera saborear la satisfacción del deber cumplido, la hija del Alfa, Rania, con un gesto despectivo, pateó el cubo. El agua jabonosa se esparció como un río desbordado sobre el piso recién limpio.—¡¿Por qué hiciste eso?! —Ana no pudo contener su rabia. Las gotas salpicaron sus mejillas, reflejo de su sorpresa e indignación—¿No ves que me ha tomado mucho tiempo? —su voz era un hilo tenso, vibrante de frustración.La chica se mantenía soberbia, mirándola con absoluto desprecio.—¿Por qué me odias tanto? —. Las palabras salieron
El abrazo entre Yara y su cuñada Estrella fue un cálido refugio de bienvenida. Se apartaron, sus ojos destilando la alegría del reencuentro, y sin más preámbulos, después de saludar a su hermano, su sobrina y estos a Harvey. Se sentaron en el confortable diván de la sala de estar, decorado con pieles y motivos tribales que evocaban la majestuosidad de la manada. —¿Has sabido de Roxana? —preguntó Yara, su mirada entrelazada con su cuñada— ¿Has ido a verla? —Está bien —aseguró Estrella con calma—. La estamos visitando cada seis meses. —¿Cada seis meses? —Yara masticó las palabras, como si probara un alimento extraño— ¿Y has ido sin avisar? Estrella, la gente oculta cosas, y no sé, pero últimamente me he sentido inquieta por ella. —Sé que tienes razón —, admitió Estrella, su voz en un susurro—. Pero a pesar de ser prima del rey, mi posición, como Luna de otra manada, complica que pueda ir a visitar otra sin avisar. —Es cierto, pero yo puedo —dijo Yara, firmeza brotando de su voz —,
La chica no dejaba de llorar y eso no solo angustiaba a Harvey, sino que King también estaba ansioso y preocupado.—Por favor, no llores más, —murmuró Harvey con una voz que envolvía como manto cálido, mientras sus brazos fuertes y seguros rodeaban a la temblorosa figura de ella. Las lágrimas dejaron de brotar, y en el silencio que siguió, se apartó un paso, apenas suficiente para mirarla a los ojos. —¿Estás bien?Ella asintió, aún cautiva, en el resguardo de su presencia. —Gracias —susurró.—No tienes que agradecerme —Su sonrisa era un refugio para ella —. ¿Cómo te llamas?Por un momento ella se quedó en silencio, estaba reacia a soltar su verdadera identidad, temía que cuando supiera quién era la tratara como lo habían hecho lo demás, por eso prefirió calla, había encontrado en él, un oasis de calma y protección, se sentía demasiado segura y era la primera vez que tenía esa sensación.—Ann —mintió ella, —Encantado, Ann. Soy Harvey —. Le ofreció su mano, que ella tomó brevemente,
—¡Ann! —. La voz de Harvey perforó el aire fresco del río, llevando consigo un alivio que ablandó su determinación. Ella levantó la vista y lo vio allí, firme como un roble, con esa sonrisa que desarmaba todas sus defensas.—Harvey... —llamó, su nombre salió en un suspiro mientras él cerraba la distancia entre ellos. Sus brazos se extendieron, retirando la pesada carga de sus hombros y antes de que pudiera protestar, la elevó en el aire. Anna se aferró a él, riendo con el corazón ligero, sin peso alguno, literal y metafóricamente.—Te he extrañado tanto.Las palabras de él eran una caricia cálida contra su oído.—Y yo a ti —se aferró a su cuello, sintiendo el mundo desaparecer en ese abrazo. Pero entonces, Harvey se tensó, al ver el ligero carmesí en su mejilla, su expresión cambió de alegría a preocupación.—¿Qué te pasó aquí? —. Sus dedos trazaron con delicadeza el contorno de la marca en su mejilla.—No es nada, no te preocupes —. Desvió la mirada, incapaz de sostener la suya cu
—Te deseo —Harvey susurró, sus labios encontrando los de Ann con una urgencia que borraba el mundo alrededor.Era la sensación más extraordinaria que había vivido en su vida. Ella se entregó a ese beso, cada pensamiento racional disuelto en la pasión que él despertaba en su interior.—Harvey... hazme tuya —balbuceó Anna entre besos, su cuerpo vibrando con una necesidad insaciable, una que nunca había sentido y que la hacía sentir en el mismo cielo.—¿Estás segura? —. La voz de Harvey era ronca, teñida de un deseo igualmente poderoso.—Sí —murmuró ella sin vacilación, y como si fuera su confirmación, la llave a su contención.Él la levantó en brazos como si fuera tan ligera como el aire y caminó con ella, con cuidado, la depositó en la suave orilla del río, donde el murmullo del agua se mezcló con sus latidos acelerados y los gemidos que salían presurosos de la boca de Anna.Harvey inició un lento peregrinaje con sus labios, desde las delicadas canillas de Anna hasta los muslos palpit
—¿Dónde diablos, estabas metida? ¿Dónde está ese hombre con quien estabas retozando? — increpó la jefa de los omegas cuando la vio. La voz de la mujer era como un látigo, cortante y cruel; ella aún se estaba vistiendo cuando llegó a su lado. —Yo... no sé de qué habla —tartamudeó. El corazón latiéndole en la garganta a mil por horas, mientras trataba de abrocharse el último botón de la blusa a toda prisa. Pero Alaina no le creía, y mucho menos iba a escuchar alguna justificación de parte; las venas de su cuello se marcaron con cada palabra escupida en dirección a la joven. —¡Mentirosa! ¡Zorra! —gritó. Sintió el peso de sus acusaciones como si fueran piedras.—Yo no soy una zorra, está equivocada, yo…—trató de justificarse, pero se escuchó el gruñido de la mujer y luego un fuerte golpe en su rostro.—Lo vas a pagar, no te va a ir nada bien —expresó en tono amenazante, prometiéndole un futuro lleno de infortunios.Mientras hablaban, la mujer hizo un gesto y dos hombres aparecieron.
Harvey dejó atrás el lugar donde había dejado a Ann, con un pesar profundo en el corazón. Habría deseado quedarse con ella, enfrentar a quienes la maltrataban y protegerla de cualquier daño. No pudo evitar evocar la imagen de su mejilla enrojecida por el golpe que le habían dado, aunque ella lo había negado. No era tonto para no darse cuenta y le molestaba que tuviera que pasar por esa injusticia. Sin embargo, pensó que lo mejor era hablar con su madre, ella tenía que ayudarlo a sacar a su compañera y futura Luna de allí.Cuando llegó donde estaban sus amigos, sus rostros reflejaban una mezcla de diversión y curiosidad ante su repentino retorno.—¡Harvey! ¿Dónde está tu damisela? —Ilan bromeó al verlo llegar solo.—Prácticamente, nos cambiaste por ella y ni siquiera no las presentaste —protestó Leonardo con una sonrisa traviesa en el rostro.—Se quedó en su manada —murmuró, esquivando sus miradas curiosas. El peso de la despedida aplastaba su pecho.—¿Qué significa ella para ti? ¿Ya
Harvey exhaló con pesadez, observando la expectación en los ojos de quienes lo rodeaban, aguardando sus palabras, giró los ojos mientras respondía.—Supongo que ser hijo de reyes me hace príncipe —dijo con una mezcla de sarcasmo y resignación.La muchacha frente a él esbozó una sonrisa divertida, como si fueran viejos amigos, y se aferró a su brazo con familiaridad. Harvey frunció el ceño, intentando liberarse con sutileza, pero ella solo se aferró con más fuerza.—Te llevaré a reparar esos neumáticos —declaró con determinación, como quien no acepta un no por respuesta.—Realmente no es necesario... —comenzó Harvey, y antes de poder terminar su frase, ya se había zafado con un movimiento ágil y decidido.—Bueno, ¿En qué puedo ayudarlos? Si es porque tienen desconfianza de mi identidad, me voy a presentar, mi nombre es Rania, soy la hija del Alfa de la manada Sombras de la Luna.Harvey se detuvo en seco, volteó sutilmente hacia ella, y aunque su mirada destilaba un nuevo interés, Rania