SalvadorLa cocina huele a café recién hecho y pan tostado, pero no logra suavizar la tensión que se arrastra como una sombra. Estoy sentado en silencio, con los dedos rodeando una taza que ya se ha enfriado, observando a Marina mientras se mueve con una eficiencia distante. Cada uno de sus pasos es preciso, medido. No hay torpeza, pero tampoco calidez.Me ignora.Me está haciendo la ley del hielo como si fueramos adolecentes.Y no puedo culparla.Desde el incidente con mi abuelo, todo cambió. No solo fue la bofetada. Fue su voz, su defensa, su decisión de ponerse entre él y yo, cuando nadie más lo ha hecho jamás. Y luego, el beso. Esa maldita locura a medianoche. No sé qué fue peor: besarla o que ella me haya rechazado.—Marina—la llamo, pero ella no se gira, por el contrario puedo notar que se endereza en su lugar.—Ya casi está listo el desayuno, señor Montenegro.Nunca, ni en un millón de años, pensé que fuera a molestarme tanto que me llamara de esa forma, pero lo hace.Lo hace y
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