El peor de los depredadores

—Suéltame, Felipe. —grito adolorida por aquel segundo tirón. Su mirada oscura provoca escalofríos en mi cuerpo.

De forma violenta, me suelta del cabello, luego me sujeta del brazo obligándome a salir de la tina.

—Sal de allí. —Me ordena.

Obedezco más por verme obligada que por voluntad propia, mi cuerpo destila agua. Él me mira de forma extraña, como si buscase algo diferente en mí, luego sonríe de forma malévola.

—Nadie más se interesaría en ti —esgrime.— Eres tan simple y aburrida que aún no entiendo porque me casé contigo.

—Ya por favor, deja de herirme de esa manera —Le ruego con voz ahogada mientras, cubro mis pechos con mi antebrazo.

—No me das órdenes, zorra. —Me sujeta por ambos brazos y me sacude con fuerza.— Puedo hacer contigo lo que me dé la gana.

Me saca a empujones del baño, llevándome de regreso hasta la habitación. En un movimiento brusco me lanza sobre la cama, se arroja sobre mí y comienza a besarme a la fuerza. El olor a alcohol que expide y transpira, es nauseabund
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