Capítulo 8
—No, yo... —en un instante, el rostro de Carlos se volvió gris, como si hubiera recibido un golpe devastador. Sus labios temblaban sin poder pronunciar ni una palabra.

Recordé cuando Mariana me sacó del incendio. Mi garganta y pulmones ardían como si los rasguñaran con cuchillos, y el dolor en mi vientre y la sangre me torturaban como si todos mis huesos estuvieran rotos. ¿Cuán desamparada me sentí entonces? ¿Cuánto deseé tener a mi amado esposo a mi lado consolándome? Incluso cuando perdía la consciencia, veía su rostro. Realmente esperaba abrir los ojos y verlo, oírlo decir: "No temas, ya estoy aquí". Pero no hubo nada. ¡Solo yo, dando a luz sola a un bebé muerto antes de desmayarme!

¿Cómo podría no odiarlo? Pero irónicamente, después de ver claramente la clase de hombre que era, me di cuenta de que ya no tenía sentido decir nada. Él nunca entendería realmente dónde se equivocó. Solo me hacía redefinir una y otra vez el significado de "estúpido". Un verdadero desperdicio de mi vida.

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