Gabriel se baja del auto y se para frente a la tranquera de madera que cierra el paso hacia la quinta de su familia, inhalando el aire puro de ese hermoso lugar donde el verde de las plantas y árboles predomina en el terreno de una hectárea por poco olvida la razón que lo ha traído a este lugar. Con los brazos apoyados en la gruesa madera siente una especie de corriente recorriéndole el cuerpo, la misma sensación que lo asalta cuando está ante un descubrimiento importante. Sólo que esta vez no se siente a animado por lo que sea que vaya a descubrir, pero que más da, ya ha llegado hasta ese lugar, es tarde para volverse atrás.
Con la tranquera ya abierta el Detective avanza con el vehículo hasta estacionar frente a la imponente casa blanca a la cual el tiempo parece no haber afectado en lo más mínimo, suelta un suspiro frente a la puerta de cedro donde con la mano temblorosa introduce la llave y la hace girar haciendo sonar un chasquido. Lentamente abre la puerta sien—¿Entonces dices que escuchaste todo eso en un sueño? —pregunta Samuel ayudando a su hermano a buscar entre las cajas de su madre.—Sí, ¿Crees que haya sido solo mi imaginación? Aunque se sintió tan real —consulta el Detective esbozando una sonrisa al recordar a su madre.—No necesariamente, existe algo llamado Regresión, que sostiene que bajo cierta estipulación uno puede recordar eventos del pasado. Es posible que el volver a esta casa después de tantos años, y encontrarte con las cosas de mamá hayan producido que tu mente sacase a la superficie ese antiguo recuerdo —explica Samuel considerando seriamente esa posibilidad.—Sería muy conveniente que eso sea lo que ha sucedido… ¡Aquí está! —grita Gabriel las últimas palabras al hallar la carpeta con el rótulo “Víctor Andrade".Samuel deja caer en una de las cajas la carpeta que tenia en la mano y se apresura a junto a su hermano que ha apoyado los papeles sobre el escritorio, sin decir u
La alarma del celular de Gabriel suena encontrándonos ya despierto recostado en la cama con la vista fija en el techo, extiende su mano para silenciar el sonido, pero sigue de la forma en que estaba. No ha sido capaz de dormir más de cuatro horas, en su mente hay cada vez mayor número de pensamientos dando vuelta e inquietándolo, una y otra vez recuerda las palabras del Agente Pérez: “si encuentras el combustible apropiado puedes hacer arder a una ciudad hasta sus mismos cimientos”. Ciertamente el muy maldito ha logrado hacerla arder, casi como si estuviera presente puede ver las llamas devorando la casa del fiscal, tal y como se había predicho, para cuando los bomberos llegaron al lugar ya era demasiado tarde, incluso las llamas habían comenzado a ceder luego de haber consumido casi por completo la edificación. Al menos diez cuerpos completamente calcinados fueron recuperados de los restos del edificio, no sólo el que era el objetivo, sino incluso sus familiares cercanos.
El Detective Gabriel Martínez vuelva a la ruta, aunque está vez a una velocidad menor, pues no tiene idea en dónde buscar. La mejor opción con la cuenta es avanzar despacio intentando ubicar el móvil policial mirando a ambos lados, claro que sin perder de vista el frente, según ha podido ni siquiera han pasado por el peaje que tienen a mitad de camino. Lo que le deja una distancia de unos treinta kilómetros por recorrer, un tramo no muy largo, pero que para alguien que no está seguro en dónde buscar, puede parecer cruzar la provincia entera. La ruta está prácticamente despejada, solo uno que otro camión pasan por el otro carril en su carrera por entregar la carga, Gabriel suelta un suspiro cargado de ansiedad, no puede creer que haya sido tan tonto como para dejar que Ana saliera con ese tipo que bien podría haberla asesinado. El solo imaginar el cuerpo de la mujer ensangrentado le revuelve el estomago, aunque no solo eso, también le provoca una presión en el corazón, lo que s
—¿Es verdad lo que he oído? ¿Lo atrapaste finalmente? —pregunta con expectación el Comisario Suárez recostado en una canilla de la clínica.—Sí, con mucha ayuda de Ana, literalmente me salvó la vida —reconoce el Detective con una sonrisa vergonzosa.—Pues si no te casas con esa mujer el próximo que intentará matarte seré yo —bromea el anciano soltando una risa divertida.—Vamos despacio, aunque puedo garantizar que no dejaré ir a Ana por nada del mundo, lo que sufrí creyendo que iba a perderla es prueba suficiente para estar seguro de eso —afirma Gabriel sin poder evitar sonrojarse un poco.—Por fin los dolores de cabeza han terminado, ese maldito hizo un estrago en la ciudad, llevará tiempo terminar de borrar sus sucias huellas —suspira el comisario pensando en que incluso él fue una de sus victimas, una afortunada gracias a Dios.—Bueno, tú podrás mofarte de haber sobrevivido al ataque del Justiciero, si es que sales de aquí
Gabriel suelta un suspiro de ansiedad al contemplar lo que ha preparado para Ana, observa la mesa redonda cubierta de un mantel blanco con detalles en dorado dispuesta debajo de un sauce, las ramas del árbol luces los frascos que se han atado a ellas en cuyo interior las velas arden alejando la oscuridad de ese pequeño lugar dispuesto para el amor. Se acerca una vez más para acomodar las dos sillas tiffany blancas, y contempla otra vez el candelero de cuatro brazos cuyo cristal se tiñe de un color amarillento al reflejar la luz de las velas. Con los nervios provocando una presión en el pecho intenta descifrar si a Ana le gustará, ¿O acaso pensará que es demasiado? Por enésima vez se sacude las amigas de su saco azul, ha decidido que esa noche todo debía ser perfecto, incluso su manera de vestir, en esa velada concretará lo que ha estado considerando desde hace días, le pedirá a Ana que sea su novia. Sin duda, esa mujer no merece menos para tal ocasión.—¿Quién diría
—Luego de dos semanas de haber vividos las horas más negras de la ciudad la el personal policial ha dado el aviso de que se ha arrestado al asesino apodado El justiciero, cuya identidad es Raúl Pérez, quien se desempeñaba como agente de Asuntos internos de la policía. Puesto que utilizó para llevar a cabo los homicidios que aterrorizaron a la ciudad, el arresto fue llevado a cabo por el Detective Martínez quien encabezaba la investigación, hemos tratado de tener algún comentario de él, pero se niega a hablar hasta que el detenido haya sido trasladado a la Unidad penitenciaria de Sierra Chica, el cual hemos podido averiguar se realizará a las diez de la mañana —informa la panelista del canal de noticias luciendo un pulcro pelo planchado.—Bien, han caído como esperaba —murmura Gabriel mirando su reloj que marca las ocho de la mañana, sentado en su escritorio mirando el programa a través de su teléfono sonríe satisfecho de que se haya dado la información errónea para evitar
—El detenido deberá pasar por el proceso de ingreso, llevará algo de tiempo, así que le pido que me acompañe a la oficina del Director —anuncia el Oficial a Gabriel que levanta una ceja extrañado.—La verdad es que preferiría estar con el detenido hasta verlo en su celda —replica el Detective esbozando una sonrisa que espera se vea cordial.—Me temo que no es una opción, acompáñame —sentencia el Oficial comenzando a caminar sin siquiera voltear para ver si el Detective lo sigue.—Realmente no entiendo la razón por la que él Directo querría hablar conmigo —reclama Gabriel procurando ocultar su molestia.—Quién sabe, no es del tipo que da explicaciones cuando pide algo. Y en cuanto al detenido no tiene de qué preocuparse, una vez que ha entrado aquí no hay forma de que salga, al menos que sea liberado o que vaya dentro de una bolsa para cadáveres —anuncia el Oficial soltando una risa divertida a pesar de que su acompañante no le encuentra gracia
—¡Tengo que ir a esa celda ahora mismo! —exige Gabriel levantándose con prisa del sillón.—Sí, yo mismo lo acompañaré. No sé cómo pudo haber pasado algo semejante, no hay manera de que suceda —determina el Director saliendo de la oficina y conduciéndolo a la planta baja de nuevo.—¿Puede ser responsabilidad del compañero de celda? —indaga Gabriel caminando lo más rápido que puede, necesitar ver y determinar en persona lo que sucedió.—No, no es posible. Di la orden de que estuviera solo, y en uno de los pabellones de mayor seguridad, preferí tomar todas las precauciones posibles —informa el Director con la voz agitada por el caminata rápida a la que no está acostumbrado—. ¡Ábranme! —ordena unos guardias al llegar a la parte de las celdas.Gabriel atraviesa el largo pasillo que divide a las celdas en las que los presidiarios gritan pidiendo explicaciones o exigiendo que les abran los dejen salir antes de morir calcinados, entre los rostros que