Cuenta regresiva al adiós
Cuenta regresiva al adiós
Por: Gloria
Capítulo 1
—¡Qué alegría, Daniela! Me hace muy feliz que después de tantos años quieras volver —exclamó mi tío con voz entusiasmada al otro lado del teléfono.

Apenas colgué, Carlos apareció en la habitación envuelto en un perfume dulzón y penetrante que no era el suyo.

—¿Con quién hablabas? —preguntó sin verdadero interés, con la mirada clavada en su celular.

Antes de que pudiera responderle, su teléfono sonó y la voz melosa de una mujer llenó el espacio:

—Señor Rivera, gracias por traerme las medicinas el otro día. Si no fuera por usted, mi resfriado se habría puesto peor. ¡No sé qué haría sin usted!

Noté cómo Carlos, visiblemente incómodo, se apresuraba a bajar el volumen.

Me mantuve en silencio, sintiendo lo irrelevante que se había vuelto todo esto. Al fin y al cabo, ¿no estábamos en proceso de divorcio? Seguí con mis tareas, calentándome un vaso de leche como siempre lo hacía.

Mientras tanto, Carlos, después de terminar su dulce conversación telefónica, se acomodó en el sofá con sus periódicos financieros. Solo cuando notó la ausencia del té de hierbas que yo solía prepararle, se dignó a mirarme, y lo hizo con evidente fastidio.

—¿Todo esto es porque no fui a ayudarte cuando se descompuso el elevador?

—Sandra tiene un familiar médico que dice que tu claustrofobia no es nada grave. No seas tan dramática.

—Además, acepté el divorcio que pediste, ¿es necesario que andes con esa cara todo el día?

Aquella noche había salido tarde del trabajo. Me quedé temblando, atrapada en el elevador cuando se fue la luz. Mi celular estaba por morir y mi claustrofobia se disparó. Con manos temblorosas, llamé a Carlos.

Su respuesta fue: —¿No puedes resolverlo tú sola? Estoy ocupado.

Mi teléfono se apagó y perdí el conocimiento.

Después me enteré que le había dado varios días libres a su asistente Sandra. Ahí comprendí que aquella noche estaba "ocupado" llevándole medicinas para su resfriado.

Por eso pedí el divorcio.

—No te preocupes, cuando el divorcio sea oficial, ya no tendrás que ver mi cara —le dije sin dejar mis actividades.

Pensé que se alegraría, pero en cambio alzó la voz: —¡No vayas a arrepentirte después!

Al ver que seguía concentrada en mi trabajo sin responder, Carlos azotó la puerta al salir.

No me molesté en analizar sus cambios de humor.

Terminé mi trabajo, me preparé un vaso de leche y tomé un baño caliente antes de dormir.

Carlos me envió un mensaje: "Estoy ebrio, ven por mí y trae un yogurt."

No quería ir, pero inmediatamente agregó: "Todavía no tenemos el certificado de divorcio, tienes que cumplir tus obligaciones como esposa."

Agotada, me alisté para salir.

Cuando llegué a la entrada del club, las risas de Carlos y Sandra eran claramente audibles desde adentro.

Recordé la noche que le pedí el divorcio, cuando estaba ebrio y su amigo le preguntó: —Carlos, ¿de verdad estás dispuesto a divorciarte de Daniela?

Él respondió con desdén: —Solo está haciendo un berrinche. Sus padres están muertos, ¿cómo podría realmente divorciarse de mí?

—Además, el periodo de reflexión para el divorcio es de treinta días, ¿no? Si Daniela se arrepiente y yo, magnánimamente, decido no tenerlo en cuenta, seguro regresará.

Él asumió que era huérfana, y en lugar de tratarme bien, pensó que esa era la razón por la que no podría dejarlo.

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