Lucía y Micaela se miran entre ellas sorprendidas, sin poder decir una palabra. ¿Qué hace Helena vestida como Martín en la cena familiar? Si no actúan perfectamente, Alejandro se dará cuenta de todo y no habrá forma de explicárselo.–Buenas noches, Martín, entra, por favor, eres bienvenido –saluda Lucía, mirando a Helena a los ojos. Observa el rostro asustado de la joven e intenta transmitirle un poco de tranquilidad para que no se delate ella misma.–Hola, Martín, qué bueno que has venido, últimamente hay más mujeres que hombres en esta mesa –acota Luciano con una sonrisa.–Gracias, Luciano.En ese momento, una de las empleadas de la casa se acerca a Lucía para indicarle que la mesa está servida.–Por favor, pasemos al comedor, la cena está lista –anuncia la anciana mientras acompaña a los demás comensales a la mesa.–Iré a ver cómo sigue Helena –dice Tony. Helena lo mira a los ojos y él, con una seña, le dice que se quede tranquila, que él lo solucionará.Todos los comensales, inclu
Helena se siente en las nubes, como si su alma flotara, sin percepción de su cuerpo. Solo puede sentir los labios de Alejandro sobre los suyos, moviéndose con total libertad, mientras sus manos descansan sobre su cintura, haciéndola experimentar miles de emociones juntas. Alejandro, con habilidad, logra que Helena abra su boca para introducir su lengua, intensificando el beso. Sus manos acarician la espalda descubierta de Helena, recorriendo su piel con los dedos. Es incapaz de dejar de besarla, de sentir sus labios, de percibir su excitación. Todo lo hace perder por completo la razón... hasta que recuerda quién es ella. Entonces, como si se quemara, se aparta de golpe, completamente consternado y enojado. —¡Basta! ¡Basta! ¿Te das cuenta de lo que acabamos de hacer, Helena? —exclama, furioso con ella y consigo mismo, golpeando la pared lleno de frustración. —Lo siento... yo... fui la culpable... —responde ella al borde de las lágrimas. Hace un momento se sentía en el cielo, y ahora
—Alejandro, yo… no sé qué decir… —exclama Martín, avergonzado. Sabía que tarde o temprano usarían esa foto en su contra. Seguro que toda la empresa supone que Martín y Tony tienen una relación amorosa.—Solo dime la verdad, no voy a juzgarte, solo quiero entender qué está pasando… Anoche, Tony reveló que estaba enamorado y en pareja con Helena, y ahora aparece esta foto. No entiendo nada… ¿Es todo una pantalla para esconder su romance? —Helena abre los ojos de par en par. No puede creer la increíble imaginación de Alejandro. En ese momento, ve el semblante de Tony: avergonzado y angustiado. Seguro que todos esos fantasmas que lo llaman homosexual han regresado a su cabeza. Tiene que hacer algo, tiene que sacar a su amigo de este lío, así como él la ha salvado tantas veces.—Alejandro… Tony y yo… somos amigos. Ese día solo estaba cansado y triste, pero te juro que no hay nada entre nosotros.—Respóndeme una cosa, Martín… ¿eres homosexual?Helena sabe que la única manera de salvar a Ton
—Lo siento, mi niño, pero ya no hay más opciones. Debes conocer a una buena mujer y casarte con ella, o la buscaré yo por ti —afirma Lucía Montenegro, cabeza de familia y presidenta de las editoriales que llevan su nombre. —Abuela, no puedes obligarme a casarme —responde Alejandro, que tras la traición de Alina hace años, juró no volver a confiar en las mujeres y, por ende, jamás casarse, ni siquiera ante la insistencia de su abuela. —Alejandro, ten compasión de esta pobre anciana. Eres mi nieto mayor y necesito que ocupes el cargo presidencial. Además, por una regla de tu difunto abuelo, debes estar casado para asumir el puesto. También quiero conocer a mis bisnietos. —Abuela, lo que pides es una locura. Sabes bien cuál es mi postura sobre el matrimonio. —Lo sé, amor, pero antes creías en él. Si no fuera por... —No la menciones... —Alejandro jamás perdonará a Alina, una mujer sin escrúpulos que solo se interesó en él por su dinero. —No todas las mujeres somos iguales, hijo. —D
Más que decidida, aunque los nervios la consumen, Helena cruza la puerta principal de Ediciones Montenegro. Desde pequeña, sus padres le enseñaron a luchar por sus sueños, y este es uno de los más grandes: convertirse en editora en jefe y trabajar al lado de Alejandro Montenegro, uno de los editores más destacados que ha conocido. Helena no puede creer lo que ve. El impresionante lugar ante sus ojos la deja sin palabras, algo raro en una escritora. Con el corazón latiendo a mil por hora, se acerca a una recepcionista, quien, con una mirada distante, le indica que espere mientras termina una llamada. Pocos minutos después, la misma recepcionista la llama al escritorio y, con un tono de mal humor, le pregunta: -Hola, ¿qué necesitas? Si vienes por el puesto de editor en jefe, no pierdas tu tiempo. El señor Alejandro no contrata mujeres -dice la joven, levantándose del escritorio sin darle la oportunidad de responder. Justo en ese momento, Helena escucha que alguien la llama a lo lejos
Tony acompaña a Helena hasta la salida, visiblemente desconcertado. En todos los años que lleva conociéndola, nunca la había visto tan alterada, y menos aún a su hermano. Aunque Alejandro puede ser difícil de tratar, jamás había sido tan irrespetuoso con una mujer. ¿Qué pudo haber pasado para que se enfrentaran de esa manera? Sin duda, Alejandro ha encontrado a alguien que le hace frente. —No puedo creer lo que has hecho, Helena. Te has enfrentado a mi hermano. —Lo siento, Tony, pero no podía permitir que me tratara de esa manera. Aunque sea Alejandro Montenegro, no tenía derecho —responde, todavía furiosa por la insinuación de ese hombre. La imagen que tenía de él se ha desmoronado por completo. —Tienes razón, Hele, pero llamarlo amargado por culpa de una mujer fue un golpe bajo. —Lo sé, Tony. Pero no puedo quedarme callada ante las injusticias. —Me temo que ya no tendrás otra oportunidad en Ediciones Montenegro, y todo es por mi culpa —admite Tony con tristeza. —¿Por qué dices
—¿Helena? ¿Qué Hele...? —Alejandro reconoce al instante la voz de la mujer que hace solo minutos lo había insultado en su propia oficina. —¡Eres tú! ¿Qué haces con el teléfono de mi abuela? ¡¿Qué le has hecho?! —La furia y la preocupación lo consumen. Tony, al ver la reacción de su hermano, le arrebata el teléfono y toma el control de la conversación. —Hola, Hele, soy Tony. Dime, ¿qué ha pasado? —pregunta con seriedad, consciente de que Helena y su abuela no se conocen. —Tony, gracias a Dios que contestaste. Alejandro no me dejó explicarle. Tu abuela, Lucía, se descompensó mientras iba hacia la empresa. Afortunadamente, yo estaba cerca y pude ayudarla a tiempo. Está fuera de peligro, pero vamos camino al hospital. Está muy nerviosa y necesita verlos —explica Helena, con la voz aún temblorosa. —Mi querida Hele —Tony exclama, emocionado hasta las lágrimas—. Los Montenegro te estaremos eternamente agradecidos. Te quiero, Hele. Minutos después, los hermanos Montenegro llegan al hospita
Helena baja del autobús y entra en su casa. Exhausta, se desploma en el sofá que está junto a la puerta, abrumada por un día que ha sido demasiado intenso. Cierra los ojos y casi de inmediato siente la suave presencia de su pequeño gato, Felipe, que se acerca, buscando su habitual bienvenida y un poco de comida. —Hola, mi Feli. ¿Tienes hambre? —murmura Helena, levantándose del sofá para dirigirse a la cocina y servirle su comida favorita. Después de alimentar a Felipe, decide darse una ducha para aliviar la tensión que aún siente. No puede dejar de pensar en lo ridículo que es Alejandro Montenegro. ¿Cómo es posible que alguien como él, con ese carácter frío y autoritario, esté a punto de hacerse cargo de la empresa? Durante años lo admiró y soñó con trabajar junto a él, pero ahora ese sueño parece más una pesadilla. Ya más tranquila tras la ducha, se pone ropa cómoda y se acomoda en el sofá con el control remoto en la mano. Una buena película romántica es justo lo que necesita para